miércoles, 7 de junio de 2017

LA INCONCLUSA DE SCHUBERT

A Luciana Sofía
Por: Mauricio Rincón Andrade


Mi nombre es Joseph Ritter von Spaun, nací en la hermosa ciudad de Linz hace mucho tiempo ya. No puedo quejarme, pues Dios me sonrío con la fortuna de tener una vida larga y feliz. Estudié derecho, ejercí cargos importantes para el imperio, dirigí la lotería estatal, me honraron con un título nobiliario, inmerecidamente por cierto, y hasta el gobierno de Viena me nombró ciudadano honorario del lugar. Sin embargo, al lado de todas estas cosas, hay algo más valioso para mí: el haber tenido a mi lado personas maravillosas que me brindaron su amor y su amistad. Cómo no agradecerle a la vida por mi esposa Franziska y por todos los amigos que tuve. Y es precisamente de uno de ellos del que quiero hablarles, pues no sólo me regaló su amistad, sino que me dejó algo que he guardado por mucho tiempo, algo que rubrica una vida completamente dedicada a la música, algo que lleva una de las formas musicales más hermosas y profundas, la sinfonía, a un nivel inimaginable. Aún hoy, no entiendo por qué quiso hacerlo de esa manera, pero los amigos no estamos para juzgar, sino para apoyar. 


Cuando el inexorable paso de los años se hace más patente en nuestro rostro y aquella expresión juvenil y llena de vida de ayer, da paso a una arrugada y senil de hoy, nuestro cerebro, aquel misterioso y majestuoso órgano, empieza a hacer inventario de aquellas vivencias del pasado y de aquellos acontecimientos que marcaron profundamente nuestra existencia. Entre las miles de experiencias que he ido organizando en mi cabeza en los últimos años, hay una específica de la cual quiero dejar constancia por escrito a las generaciones futuras, la quiero compartir con ustedes, ya no puedo guardar más silencio sobre este asunto y, de ningún modo, pretendo llevármelo a la tumba. Es verdad que he escrito mucho sobre mi amigo, pero, en ninguno de los textos anteriores comenté nada sobre lo que me dispongo a narrarles. Me perdonarán que me tome la licencia de contarles cosas que, seguramente ya saben, pero creo que serán necesarias volverlas a presentar para que entiendan bien lo que les voy a narrar. Seré muy sucinto, lo prometo.


Goethe, el gran poeta alemán, escribió de Mozart: “un fenómeno como Mozart queda para siempre como un milagro que no se puede explicar”. No tuve la fortuna de conocer personalmente al genio de Salzburgo, murió cuando yo tenía apenas tres años, pero Dios me permitió crecer al lado de otro milagro similar. Mi afirmación puede sonar muy pretenciosa y hasta irrespetuosa, ¡comparar a mi amigo con la genialidad de Mozart!, pero estoy seguro que la posteridad me terminará dando la razón. Sé que su música todavía no es tan popular ni tan interpretada o estudiada como la de otros genios, pero algún día será distinto. Él será considerado, lo sé, una de las cumbres del arte musical de este período de la historia y su música moverá lo más profundo de miles de almas, como lo hizo conmigo. Y sobre todo, eso comenzará a pasar cuando enseñe al mundo lo que me legó. Perdónenme de nuevo por querer adelantarme en la historia, pero lastimosamente esa es una de las características de la vejez, nos obliga a ir rápido con ciertas cosas, porque sabemos que el tiempo con el que contamos se va de nuestras manos como la arena de la playa que el mar arrastra a su profundidad tras una ola: en un segundo.


Ese milagro lo conocí alrededor del año 1808, en el Seminario Imperial y Real de la ciudad de Viena. En aquella época, en el seminario se hospedaban los estudiantes del Akademisches Gymnasium, alumnos de la Universidad de Viena, los jóvenes coristas de la capilla de la corte y hasta algunos instructores y profesores de esos centros de enseñanza. Por aquel tiempo, mi amigo hacía parte del coro de la capilla de la corte imperial, honor que se había ganado en un concurso que se había realizado unos meses antes, además, se encontraba estudiando en el Gymnasiun; yo, había venido desde Linz a estudiar derecho. Desde nuestro primer encuentro, nos volvimos buenos amigos y, hasta el día de su prematura muerte, no dejé de estar a su lado y de ayudarlo en todo lo que pude. Todavía recuerdo las palabras que me dijo en aquella oportunidad cuando tuve que regresar a Linz por unos meses: “tú eres mi favorito en todo el seminario; no tengo ningún otro amigo aquí”. Mi entrañable amigo, además de las clases que tomaba en el Gymnasiun, estaba estudiando música, y no con cualquiera, sino con el famoso Antonio Salieri, que era el maestro de la capilla de la corte imperial. El maestro italiano, desde un primer momento, notó el extraordinario talento de mi amigo para la música y, durante varios años, casi a diario, lo instruyó personalmente. Se puede decir que Salieri será su figura paterna artística, figura que luego sustituirá por otra de talla mayor: Beethoven. Pero, bueno, dejemos de divagar y vayamos al quid del asunto, a la extraordinaria música de mi amigo, que, desde niño, empezó a componer y que, si me preguntaran a mí, escribe su primera gran obra maestra el 19 de octubre de 1814, con apenas 17 años, obra que lleva como título… Mejor, para los que aún no lo saben, y antes de hablar de aquella obra, primero les digo el nombre de mi amigo, él se llamaba: Franz Peter Schubert.


Mi amigo Franz nació el 31 de enero de 1797 en Lichtenthal, un modesto suburbio no muy alejado de las murallas de la ciudad de Viena. Su familia fue muy numerosa: 14 hermanos. Pero solo llegaron a adultos cinco: Ignaz, Ferdinand, Karl, María Theresia y Franz Peter. Su padre, don Franz Theodor, fue un maestro de escuela y todos los hombres de la casa siguieron este camino, hasta mi amigo ejerció este oficio por un tiempo, con cierto disgusto de su parte por cierto, porque nunca se sintió cómodo en la educación, pues su gran pasión siempre fue otra: la música. Sus primeras lecciones de música, según me dijo un día en el Seminario, se las dio su padre y su hermano Ignaz. Porque además de la enseñanza, en la casa paterna también se cultivaba la música, inclusive tenían un cuarteto de cuerdas: su padre tocaba el violonchelo, su hermano Ferdinand el primer violín, Ignaz el segundo y Franz la viola. Después que don Theodor e Ignaz reconocieran que ya no tenían nada más que enseñarle de música a Franz, decidieron mandarlo con el organista de Lichtenthal: don Michael Holzer. Esto fue de gran ayuda para su formación musical, porque don Michael le permitió sustituirlo en el órgano en algunas celebraciones de la Iglesia y porque pudo tener el primer contacto con la música sacra de grandes compositores como Haydn o Mozart. 


Con el paso de los meses, además de tocar el órgano, entró a formar parte del coro de la misma Iglesia, porque mi querido amigo tenía una preciosa voz. Alrededor de 1808, fue cuando se anunció el concurso para cubrir tres vacantes de niños en la capilla de la corte imperial y en donde él fue uno de los elegidos. Por eso fue que terminó viviendo en el Seminario Imperial y Real de la ciudad y allí, como ya había dicho antes, nos conocimos. Fue además, en este lugar, donde Franz compondrá su primera obra extensa, fantasía en sol Mayor para piano a cuatro manos, entre el 8 de abril y el 1 de mayo de 1810, como él mismo escribió en la partitura. Pero perdónenme, queridos lectores, por no cumplir mi palabra, y elevar mis recuerdos hacia aspectos de su vida, que aunque importantes, para lo que deseo narrarles, no son cardinales, ni vienen al caso, pues lo que me interesa es hablarles de su música y específicamente de algo que él me legó. Así que mejor obviemos ciertas cosas y vayamos directamente al 19 de octubre de 1814.


Como había escrito en párrafos anteriores, la primera obra maestra que escribió Franz, según mi criterio y de otros más conocedores del tema que yo, fue un lied titulado: Margarita en la rueca. Para los lectores no alemanes, déjenme manifestarles que el lied es una canción para voz solista y piano basada en poemas alemanes. A lo largo de su corta vida mi amigo escribirá unos ¡seiscientos treinta lieder!, con letra de más de 100 poetas, sobre todo de Goethe y Schiller, incluso, compuso uno con un poema mío, ¡qué honor!; el día que me lo obsequió recuerdo que no lo podía creer y hoy, mientras escribo estas letras, tengo a mi lado, en mi escritorio, la partitura y la dedicatoria de mi querido amigo. Franz llevó el lied, que era considerado por muchos como un género musical menor, a un nivel de madurez inimaginable. Cuando tuve la oportunidad de escuchar por primera vez, Margarita en la rueca, unas lágrimas se dibujaron en mi rostro y estoy seguro que aquella música llegó a lo más profundo del alma de los pocos asistentes que tuvimos la fortuna de estar allí. Él tomó para esta obra un poema de Goethe que si me permiten, amables y pacientes lectores, lo voy a transcribir:


Desapareció mi sosiego
y me pesa el corazón,
nunca conseguiré
hallar la paz.


Soy como una muerta
si él no está junto a mí.
El mundo entero
carece de atractivo.


Enajenada tengo
mi pobre cabeza,
y todos mis sentidos
deliran incoherentes.


Si miro por la ventana,
sólo a él mis ojos buscan.
Únicamente por encontrarlo
salgo fuera de casa.


Su caminar altivo,
su noble figura,
la sonrisa de su boca
y el fuego de su mirada.


El fluir encantador
de sus palabras,
la caricia de sus manos,
¡Oh! ¡Y sus besos ardientes!


Mi pecho hacia él se enarca
en poderoso impulso.
¡Si pudiera cogerlo,
retenerlo junto a mí,


y besarlo,
hasta saciar mis ansias,
hasta quedarme muerta
bajo sus labios!


Pero dejemos esta obra maestra a un lado y vayamos a la razón por la cual he decidido escribir esta carta, elevémonos nuestro vuelo, como solo lo hacen las aves, y vayamos a 1822, cuando Franz empezará a poner por escrito algo que le había estado dando vueltas en su cabeza en los últimos meses: un tema para otra de sus sinfonías. Para esta época ya había escrito siete sinfonías y estaba entusiasmado con la nueva composición. A pesar de ciertos problemas de salud y otros de índole económico, por los que estaba pasando, no había dejado de componer sin descanso, por aquel año de 1822, ya había compuesto algo más de setecientas obras de distintos géneros y aunque no era tan conocido como otros compositores, ya se hablaba de él con cierta admiración en ciertos salones y sectores influyentes de la ciudad. En este año en concreto ocurrieron varias cosas en su vida. En primer lugar, terminó la composición de una Missa Solemnis, en la cual llevaba trabajando desde hacía varios años; en segundo lugar, había empezado a publicar varias de sus obras, especialmente lieder, por un sistema de suscripción, que le había permitido llegar a una cantidad nada deleznable de público y ganar cierto dinero; en tercer lugar, uno de nuestros amigos en común, Johann Michael Vogl, un excelente barítono y quien había estrenado un año atrás, con gran éxito, el famoso lied Der Erlkönig, de Franz, con letra de un poema de Goethe, siguió presentando en público más lieder y esto ayudó a consolidar la opinión general que Franz era uno de los más grandes maestros del género; en cuarto lugar, le dedicó a Beethoven, las variaciones a cuatro manos, una obra que no estoy seguro que llegará a ojear el genial maestro de Bonn. Muchos han escrito o manifestado que Beethoven y Franz se conocieron y hasta que hubo cierta amistad, pero eso no es verdad, y esto será algo de lo cual tendré que hablar más adelante porque no deseo desviarme aquí en una urdimbre de temas. En quinto lugar, y esto es lo más importante para esta narración, y ya lo había mencionado líneas atrás, Franz, entre las muchas obras que compondrá en este año, se embarcó en una nueva sinfonía, una de tal belleza y misterio que es increíble que aún esté guardada sin ver la luz del día, además, lo más increíble aún, es que haya decidido dividirla cómo lo hizo; pero antes de continuar con la historia de esta obra, hay un sexto elemento que quiero mencionar, porque solo un mes después de que Franz empezara con la composición de la sinfonía, le diagnosticaron una terrible enfermedad, una enfermedad que finalmente lo llevará a la tumba y cuyo tratamiento tuvo que soportar estoicamente durante mucho tiempo, esta enfermedad, lastimosamente, marcara sus últimos años. A Franz le diagnosticaron, sífilis.


El 29 de marzo de 1827 fue enterrado Ludwig van Beethoven, y como se acostumbraba en Viena, en aquellos tiempos, con muertos importantes, su entierro fue multitudinario. Entre los 36 caballeros escogidos para rodear el ataúd de Beethoven con antorchas, estuvo Franz. Recuerdo que en un momento del recorrido hacia el cementerio, divisé el rostro de mi amigo y a pesar de su juventud lo vi mustio y acabado, la enfermedad definitivamente lo había dejado en un estado deplorable. Pero a pesar de su aspecto, nunca se me pasó por la cabeza imaginar, que solo un año más tarde, estaríamos enterrando a Franz. La admiración de mi amigo por Beethoven fue enorme. A él le resultaba increíble pensar que uno de los músicos más grandes de la historia, estuviera completamente sordo. Toda Viena hablaba de aquel hombre huraño y solitario nacido en Bonn y que progresivamente había perdido el oído. Muchos se reían de él al verlo en la calle, vestido de forma descuidada y hablando solo. Pero no faltaban los que sentíamos compasión por Beethoven, a mí personalmente siempre me causó cierto pesar verlo escribir todo lo que quería comunicar. Pero independientemente del concepto que tuviéramos del hombre, todos coincidíamos en que Beethoven era un genio, y además, que muchas de sus mejores obras las había compuesto cuando no oía absolutamente nada. Sólo un genio podía hacer algo así. 


Franz, a pesar de la profunda admiración y respeto que sentía hacia Beethoven, nunca habló con él, su timidez se lo impidió. Lo intentó varias veces, pero finalmente no logró conocerlo personalmente. A él le tranquilizaba pensar que Beethoven sabía de su existencia y conocía algunas de sus obras, inclusive, uno de los cercanos del Sordo Genial, nos contó un día que Beethoven, al ojear uno de los lieder de Franz, había manifestado: “verdaderamente en este Schubert hay una chispa divina.” Recuerdo que una vez hablando sobre el gran maestro nacido en Bonn, me dijo Franz: “Él lo sabe todo, pero nosotros no podemos comprenderlo aún; correrá mucha agua por el Danubio antes de que todo lo que Beethoven ha creado sea entendido por todos.” Unos años después de la muerte de Franz, Anselm Hüttenbrenner, otro amigo en común, escribió que supuestamente tanto Franz como él, visitaron a Beethoven unas semanas antes de su muerte y que los dos geniales músicos habían hablado en privado. Pero puedo decir con toda seguridad que esto no es verdad, esto seguramente lo escribió Anselm para tratar de crear una fama aún mayor en torno a la figura de nuestro amigo. Pues el mismo Franz me dijo, unos meses antes de su muerte, cuando su enfermedad se había recrudecido, que lamentaba no haber podido conocer de una manera personal a Beethoven. En muchas de nuestras schubertiadas, que eran deliciosas veladas de amigos en torno a la música de Franz y de otros compositores del momento, nunca faltaron obras de piano de Beethoven que nuestro amigo tocaba con maestría. Después de la muerte de Franz, seguimos reuniéndonos periódicamente en las schubertiadas para recordar su memoria e interpretar su música.


Dentro de la gran cantidad de piezas compuesta por Beethoven siempre hubo un grupo por el cual, tanto Franz, como yo, sentíamos una especial dilección: sus sinfonías. El gran Haydn había compuesto más de cien, Mozart un poco más de cuarenta y Beethoven “apenas” nueve. Pero cada una tan distinta y monumental que con “solo” nueve sinfonías, había transformado de una manera inigualable todo lo que se había hecho hasta ese momento en aquella forma musical. Recuerdo, como si fuera ayer, aquel año de 1824, cuando se estrenó en Viena la Novena Sinfonía de Beethoven, con Franz fuimos al estreno. Cada uno de los movimientos de la sinfonía resultaba más majestuoso que el anterior y aquel colofón, con la inclusión de un coro en el último movimiento, algo que nunca se había hecho hasta ese día, marcó una de las obras cumbres del género y le dio, una inmortalidad aún mayor, a un hombre llamado Ludwig van Beethoven. Franz salió del concierto transformado, renovado como músico y con un deseo profundo de terminar algo que había iniciado en 1822 y con esto llego, ¡por fin!, dirán algunos amables lectores y con toda razón, al meollo de mi relato, pues Franz se dio cuenta que ya era hora de terminar una de sus obras. 


Cuando mi querido amigo fue nombrado miembro honorífico de la Sociedad Musical de Graz, decidió escribir una obra como signo de agradecimiento, bueno, en realidad ya llevaba un tiempo escribiéndola y estaba tan feliz con lo que había hecho hasta ahora, que había decidido terminarla y enviarla como gratitud por su nombramiento. Aquella obra era su octava sinfonía en si menor. Franz había empezado a trabajar en ella a principios de año, pero lastimosamente, por aquella época, le diagnosticaron sífilis y esto sumió a Franz en un estado de depresión. Además, el tratamiento resultaba muy doloroso y molesto, incluso se le empezó a caer el cabello. Así que durante gran parte del año 1822, su única preocupación y la de nosotros, sus amigos, fue su salud. A principios del siguiente año, nuestro querido amigo, le entregó la partitura de su sinfonía a Anselm Hüttenbrenner, para que finalmente la hiciera llegar a la Sociedad Musical de Graz, sin embargo, esto nunca ocurrió. Anselm embolató la partitura y debido a la enfermedad de Franz y otras cosas que pasaron por aquella época, no cumplió el encargo, sino que guardó aquellos papeles y aún hoy, más de treinta años después de la muerte de Franz, continúan guardados. 


Un día, después de una schubertiada, de las muchas que hicimos en mi casa de Viena, Anselm, me llamó aparte para contarme algo. Estaba muy misterioso, nunca lo había visto así. Joseph, me dijo, tengo que contarte algo, algo que he guardado durante mucho tiempo. Después de la muerte de Franz, empezó diciendo, decidí cumplir su voluntad de enviar la partitura de su octava sinfonía a la Sociedad Musical de Graz, pero no pude hacerlo, porque me encontré con un problema, ¿de qué problema hablas, Anselm?, estaba inconclusa, Joseph, ¿qué?, la sinfonía de Franz sólo tenía dos movimientos y algunos compases del tercero. Para los lectores que no lo sepan, una sinfonía está compuesta normalmente por cuatro movimientos, es decir, que Anselm, solo tenía en su poder la mitad de la obra. Al encontrarme con eso, siguió diciéndome, me preocupé mucho, porque no estaba seguro si Franz me había entregado la partitura completa o solo la mitad de la misma, en realidad nunca me había dado por revisar aquellos papeles, además, tú sabes Joseph, que Franz acostumbraba a dejar muchas obras inconclusas y luego nunca las terminaba. En eso tenía razón Anselm, pues nuestro amigo dejó unas 120 obras sin terminar. Dentro de los papeles que te dejó a ti, nunca te has topado con su sinfonía en si menor, mira que hace poco me dijo Ferdinand, el hermano de Franz, que el gran compositor Schumann había estado en su casa averiguándole por la novena sinfonía de su hermano y que él efectivamente la había encontrado, pero nunca había visto una sola nota de la octava. Joseph, estoy preocupado, no quiero pensar que perdí para siempre una de las obras de Franz, no te preocupes Anselm, seguramente no revisaste bien, no me cabe en la cabeza pensar que Franz te haya entregado solo la mitad de la obra para la Sociedad Musical de Graz, no, Joseph, te equivocas, ya revisé más de diez veces todos los documentos que me dejó él y revolqué toda la casa y no encontré nada más.


Después de que se marchó Anselm, me dirigí a mi biblioteca a pensar un poco. En 1822, Franz empezó la composición de su octava sinfonía y yo pensaba que la había concluido, pero estaba la posibilidad de que no hubiera sido así. Mientras pensaba en eso, me vino una especie de revelación: ¡la Novena Sinfonía de Beethoven! Recordaba que después del estreno, Franz había salido como poseído por el diablo a escribir algo que se le había ocurrido en el concierto, es un gran tema Joseph, recordaba que me había dicho, ¿a qué te refieres Franz?, tengo que terminar algo que dejé inconcluso hace algunos años, después te cuento querido amigo. Era posible, ¿por qué no?, que Franz estuviera hablando de la octava sinfonía, que muy seguramente para 1824, a diferencia de lo que yo pensaba, aún no la había terminado. En ese momento, una revelación aún mayor que la anterior iluminó mi cabeza y viajé a aquel año de 1828, a finales de octubre, unas semanas antes de la muerte de Franz, cuando él me había dicho, en medio de la fiebre y de terribles dolores, que tenía que unirme con Anselm para completar su obra. En ese momento no lo comprendí, pero esa tarde en la biblioteca entendí el significado de aquella enigmática frase, que yo inicialmente había visto como una frase sin sentido emanada de un nombre que se acercaba a su muerte. ¡Es increíble que no me haya dado cuenta antes!, pensé, en realidad, con tantas obligaciones, en tantos frentes, había olvidado por completo los documentos que me había dejado Franz y nunca los había revisado detenidamente. ¡Por Dios!, yo tenía en mi poder los dos movimientos restantes de la octava sinfonía de Franz y ni siquiera me había dado cuenta.


A principios de marzo de 1828 un grupo de amigos decidimos organizar un concierto público con obras de Franz. Algunas de sus composiciones habían sido estrenadas frente a un público muy reducido o en conciertos con obras de varios músicos o, y esto era lo más triste, nunca habían sido interpretadas ni siquiera una sola vez. Por eso nosotros reunimos un pequeño capital, alquilamos un gran salón en Viena, contratamos unos músicos y le comunicamos a Franz que queríamos que él tuviera un concierto dedicado exclusivamente a su música. La idea le agradó mucho y no dejaba de decirnos que su mayor tesoro y apoyo durante toda su vida, además de su música, habían sido sus amigos. Él se encargó de organizar el programa y nosotros de imprimir las entradas, que se vendieron relativamente rápido. La fecha escogida fue el 26 de marzo de 1828. Era un miércoles, lo recuerdo bien. Escogimos esa fecha porque coincidía con el primer aniversario de la muerte de Beethoven y nuestro amigo quería darle una especie de tributo al genio que tanto admiraba. El concierto fue un éxito y Franz estuvo muy contento, no recordaba haberlo visto tan feliz en los últimos años. Sin embargo, Viena olvidó muy pronto el concierto, pues el 29 de marzo se presentó en la ciudad el famoso violinista y compositor italiano, Niccolo Paganini, de quien se decía que tenía pacto con el diablo por el virtuosismo con que tocaba el violín. El éxito de la presentación de Paganini fue tal, que se hicieron otros trece conciertos. 


A los pocos meses del concierto, Franz decidió estudiar contrapunto con el teórico Simon Sechter, motivado por la influencia, que por aquella época, estaba teniendo en él la música de Georg Friedrich Haendel, que estaba estudiando juiciosamente. Sólo asistió a una clase, pues la reaparición de la sífilis y posiblemente una fiebre tifoidea que adquirió, lo obligó a abandonar todo en lo que estaba trabajando e irse a vivir a la casa de su hermano Ferdinand, para que lo cuidara. Lo último que compondrá será precisamente un ejercicio de contrapunto que le había dejado Sechter. El 19 de noviembre de 1828, después de una dolorosa agonía, murió Franz, con tan sólo 31 años de edad. Lo enterramos al lado de su amado Beethoven. Cada vez que recuerdo los últimos momentos de mi querido amigo, no logró evitar que unas lágrimas se me escapen de los ojos.


Pero volvamos a su octava sinfonía en si menor. Los seres humanos tenemos la mala costumbre de acumular papeles en nuestros escritorios y gavetas con el firme propósito de nunca organizarlos o con la firme resolución de no votarlos. Y eso era precisamente lo que pensaba mientras buscaba desesperadamente los documentos que me había dejado Franz. A lo largo de tantos años, al servicio del imperio y de otras obligaciones que había adquirido, me había rodeado de tal cantidad de documentos, que después de tres días prácticamente sin salir, llegué a la conclusión que nunca encontraría lo que buscaba si no pedía ayuda. Así que decidí contratar dos jóvenes para que me colaboraran con la búsqueda, solo les di una indicación: buscar hojas con pentagramas. Gracias a eso, el trabajo adquirió más celeridad, pero los resultados fueron los mismos que los días pasados: no encontramos nada, exceptuando unas páginas que yo había escrito hacía muchos años cuando me había dado por seguir el ejemplo de Franz de componer, pero con resultados completamente opuesto a su genio. Lo revisamos todo dos veces, para llegar al mismo punto: ni una sola página de los documentos de mi amigo. ¡Cómo había sido de descuidado! Si en mi casa de Viena no tenía nada, el único lugar en donde guardaba documentos importantes era en mi casa de Linz, así que sin pensarlo mucho, al día siguiente viajé a mi ciudad natal.


Ya han pasado muchos años de aquel viaje que realicé de Viena a Linz con el único objetivo de encontrar los documentos que Franz me dejó y, específicamente, los dos movimientos restantes de su octava sinfonía, y aún hoy, no puedo creer que las cosas hayan terminado como finalmente terminaron. Ustedes han sido muy pacientes conmigo, queridos lectores, y se los agradezco, espero que me perdonen porque a lo largo del relato sé que me he perdido en detalles de la vida de mi amigo, que aunque pertinentes en muchos casos, estaban a lugar, de la intención fundamental, pero sabrán perdonar a un viejo que ya ve próxima su muerte. Así que sin más prolegómenos, terminemos el relato. Fueron cinco días, ¡cinco!, buscando, con la ayuda de algunos empleados, las partituras. Cada día me levantaba con la esperanza que ese día las encontraría; y cada noche me dormía pensando que había perdido esos papeles. Cuando la esperanza se estaba marchando de mi alma y casi por pura casualidad, en una habitación que ya habíamos revisado, encontré lo que estaba buscando. Digo por pura casualidad, porque cuando me disponía a buscar en otro lugar, uno de los perros de la propiedad, Conde, le dio por entrar a aquella habitación y buscar un sitio para echarse a dormir un rato. Cuando lo alcé para sacarlo al jardín, vi aquella pequeña caja.


Es increíble cómo se nos olvidan ciertas cosas y eso fue lo que ocurrió con aquella caja. En uno de mis viajes a Roma, deambulando por los mercados, me topé con un excelente carpintero que estaba ofreciendo sus productos, aquella caja me llamó poderosamente la atención por los detalles y los perfectos acabados, recuerdo que cuando la vi, lo primero que pasó por mi cabeza fue pensar que aquel hermoso objeto estaba destinado a guardar algo importante y en ese mismo lugar, llegué a la conclusión que los papeles que Franz me había dejado, era lo más importante que yo poseía para guardar. Así que por esa razón la había comprado. ¡Cómo es de mañosa la memoria, definitivamente! Al verla ahí, casi frente a mis narices lo recordé todo. Le pedí a mis empleados que me dejaran solo y que se llevaran a Conde, que por cierto se había ganado un jugoso bistec, y casi con la alegría que se sentirá hallar un cofre pirata enterrado, me senté frente a la caja y la abrí muy lentamente. Arriba de todo tenía una hoja con mi caligrafía que decía: Documentos de Franz Peter Schubert (1797-1828). Lloré, lo reconozco, -soy un gran llorón como se habrán podido dar cuenta-, al tener frente a mí, aquel legado de mi querido amigo. Muy lentamente, fui sacando uno a uno los papeles de Franz y casi al final de todo, estaba lo que buscaba. No lo podía creer, tenía frente a mis ojos, el tercero y el cuarto movimientos de la octava sinfonía de Franz Schubert en si menor. No recuerdo un día tan feliz como aquel.


Franziska, mi esposa, llegó a los pocos días, pues se encontraba en Viena y me encontró con el cabello hirsuto, barba de varios días y pegado a aquella caja, examinando y clasificando cada uno de los documentos. En su mayoría eran partituras, pero también había algunas cartas y uno que otro poema. ¿Qué te ocurre, Joseph, te sientes mal? Se lo conté todo y ella se alegró por mí y por la memoria de Franz. Además, me contó que en Viena se había topado con el famoso compositor Robert Schumann que estaba finiquitando todo lo relacionado con el estreno de la novena sinfonía de Franz, que algunos ya llamaban La Grande, con Ferdinand Schubert, deberías aprovechar, me dijo Franziska, y hablar con ellos para que estrenen conjuntamente ambas obras. Me pareció una gran idea, pero no pude viajar inmediatamente por ciertos problemas que se me presentaron con unas tierras y por eso decidí quedarme en Linz un tiempo hasta que solucionara las cosas. Pero sí escribí dos cartas: una para Anselm y otra para Ferdinand. En la primera le informaba a mi amigo que yo tenía en mi poder los dos movimientos restantes de la octava de Franz; y en la segunda, le pedía a Ferdinand que hiciera contacto con Schumann para que supiera que teníamos en nuestro poder la sinfonía en si menor y que queríamos que se estrenara al tiempo con la novena. Pero lastimosamente cometí un gran error, el peor error de mi vida, aún hoy no logró entender por qué lo hice así, pues junto con la carta de Anselm, envíe la partitura con los dos movimientos. Yo que durante toda mi vida había sido un funcionario precavido, cómo no hice al menos una copia, realmente no lo entiendo. Mi empleado de más confianza de Linz fue el encargado de llevar el paquete. Las cartas y la partitura nunca llegaron a su destino.


Ayer estuvo Anselm visitándome para contarme que el director de orquesta Johann von Herbeck, estaba interesado en estrenar la octava sinfonía de Franz con los dos movimientos que se tenían, incluso me contó que Herbeck le había dicho, después de analizar con detenimiento la partitura, que pensaba que seguramente Franz, después de haber terminado de componer aquellos dos movimientos, se había dado cuenta que era una obra total, y seguramente no había visto la necesidad de escribir más movimientos, componiendo una especie de sinfonía en dos tiempos. Anselm me dijo que eso lo tranquilizó y pudo descansar del peso de pensar que había perdido para siempre una parte de la obra de nuestro amigo. Lo tranquilizaba a él, pero a mí no, pues yo conocía la verdad y no tuve el denuedo de decírsela.


Vincent, mi empleado de confianza, el encargado de llevar la correspondencia a Viena, no pudo cumplir con mi encargo, pues cuando ya estaba cerca de la ciudad, unos bandidos lo asaltaron, dejándolo medio muerto, llevándose el caballo y los sobres, pensando seguramente que contenían dinero. Fue inútil ofrecer una jugosa recompensa a quien supiera algo de la partitura robada, no faltaron bribones que llegaron con papeles falsos, pretendiendo que tenían la obra de Franz, la cruda realidad es que los dos movimientos restantes de la sinfonía nunca aparecieron. Muero con el dolor de pensar que perdí aquella obra monumental y con resquicios de esperanza de que en algún lugar, un ser sensible, de esos que quedan pocos, haya encontrado la partitura y algún día la dé a conocer; muero con el dolor de ver, que aquella obra de mi amigo, empieza a ser conocida como la Inconclusa de Schubert, cuando yo tuve en mis manos el resto de la sinfonía, pero para bien o para mal, así es la vida, y por más que nos fastidie, hay cosas que no se pueden cambiar… 


 Joseph Ritter von Spaun, 1 de noviembre de 1865


viernes, 14 de octubre de 2016

LA SANTA INQUISICIÓN ©

A José Luis Meza
Por: Mauricio Rincón Andrade

1672, año del Señor. Hereje, el perro de don Francisco Preys, camina por las calles de la hermosa ciudad de Cartagena de Indias, buscando qué llevarse al hocico. Han sido tiempos difíciles, pero a pesar de la situación, no se desanima, sino que se deja guiar por su gran olfato y se contenta con cualquier bocado. Eso es lo de menos. Lo importante para él, es dirigirse a una de las cárceles de la ciudad, la más nauseabunda de todas, a acompañar a su amigo. Ese ha sido su “hogar”, desde que apresaron a don Francisco. Él, no deja de admirarse de la fidelidad de su canino y la silueta de su querido perro, que logra ver por los barrotes de su celda, que da a la calle, es uno de los alicientes que tiene en los difíciles momentos por los que está pasando. Varias veces los guardias han tratado de echar a Hereje del frente de la cárcel, pero ha sido inútil, el animal siempre termina regresando y acomodándose en la calle, como si estuviera cumpliendo un compromiso sagrado. Todavía recorre en su memoria, don Francisco, todo lo que pasó hasta llegar al lugar donde se encuentra. Y no deja de parecerle inconcebible que por cuestiones de fe se tenga que juzgar y hasta torturar a un ser humano, obligándolo a que crea en algo que no despierta la más mínima devoción en su conciencia. Algún día, piensa don Francisco mientras ve a Hereje estirar sus patas, estas cosas tendrán que cambiar.


La historia de don Francisco Preys empieza en los puertos ingleses, donde se crio. Su padre fue un hombre que se la pasó la mayor parte de su vida en una galera. Recorrió medio mundo y las historias de sus aventuras por todos aquellos lugares, que le contaba a Francisco después de cada viaje, despertaron en el chico el deseo de hacer lo mismo y tener la oportunidad de ver el mundo con sus propios ojos. Por eso, a los quince años, se embarcó en una galera que se dirigía al Nuevo Mundo y que lo llevaría inicialmente a La Española, nunca regresaría a Inglaterra. A pesar de la dificultad del viaje y del asqueroso trabajo que le tocó realizar en la cocina del buque, lo soportó bastante bien, gracias a la contextura física que había heredado de su padre. Después de casi dos meses de estar navegando por el Atlántico llegaron a La Española y se encontró con un lugar llenó de movimiento, con galeras que llegaban y salían constantemente, que traían y sacaban productos, con animales que nunca había visto en su patria, especialmente pájaros, de colores grandiosos, que nunca se callaban, con un vegetación generosa y con tales tonos de verde que a la vez que le suscitaba admiración, casi le lastimaban los ojos, con un clima cálido y en ocasiones sofocante, con cientos de jóvenes provenientes de Holanda, Francia, Inglaterra, España y otros países europeos, como él, dispuestos a la aventura y con deseos de gloria y fortuna, con hermosas mulatas que desde un principio le llamaron la atención, con piratas, nativos y negros. Pero a pesar de la novedad, se topó con las mismas mañas del Viejo Mundo: miseria, esclavitud, corrupción, injusticia y el deseo casi patológico de la Iglesia de inmiscuirse en todos los asuntos de los hombres, entre otras cosas.

Don Francisco, además del deseo de aventura de su padre, había heredado la convicción de que dios no era más que un invento y que la Iglesia Católica, una de las instituciones más peligrosas y contradictorias, jamás fundadas. Por eso, a lo largo de su vida, nunca le había dado cabida a lo religioso y solo lo veía como un síntoma de una sociedad en decadencia. Sin embargo, muchos años después de haber abandonado La Española y de haber recorrido el Nuevo Mundo, desde el antiguo territorio de los Aztecas, hasta las reducciones de los Jesuitas en el Paraguay, y cuando ya vivía en Cartagena de Indias, junto a una hermosa mulata que había comprado en el mercado de esclavos y que luego había hecho su mujer, y de Hereje, su perro, se dio cuenta que sus creencias, o sus no creencias, en su caso, era un delito frente a una abominable institución que se había instalado en la Heroica en 1610 y que también tenía sede en Lima y en México: El Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición. 

El Tribunal de la Inquisición española, como fue conocido, para diferenciarlo de la inquisición medieval, nació alrededor del año 1478, gracias a la gestión de algunos “santos” sacerdotes como Alonso de Hojeda –homónimo de un conquistador-, Pedro González de Mendoza y el primer inquisidor español, la belleza de Tomás de Torquemada, con el auspicio de los Reyes Católicos y la bendición final del papa Sixto IV. Este tribunal que, en un primer momento se limitó a la Corona de Castilla, con el paso de los años se fue extendiendo a otros territorios y, para resumir el cuento y no dármelas de historiador, llegó al Nuevo Mundo en 1570, que por cuestiones que no vienen al caso, terminó llamándose América, cuando en realidad se debió llamar Colombia, pues fue Cristóbal Colón el que lo descubrió –aunque él murió sin saber que había descubierto un nuevo continente - y no el señor Américo Vespucio. Pero dejemos a un lado estas disquisiciones históricas y volvamos a la celda de don Francisco Preys.

Después de haber deambulado por tantos territorios y de ver tantas cosas, muchas de ellas atroces e inhumanas, don Francisco decidió que era hora de establecerse en algún lugar por un tiempo y por qué no, buscar la manera de que fuera permanente; y la ciudad elegida fue Cartagena de Indias, que tenía un importante puerto, meta no solo de aventureros o piratas sino además de un gran número de barcos negreros. Con los años, el señor Preys, no sólo había acumulado fatigas y enfermedades, sino una cantidad nada deleznable de dinero que le permitiría vivir de manera holgada en la ciudad que quisiera. Por eso, un día de noviembre, se dirigió a uno de los barrios más ricos de Cartagena, Santo Toribio, y se compró una hermosa casa con un amplio patio interior, con varias habitaciones, con un fastuoso balcón y con una imponente vista. Era el lugar perfecto para poder vivir cómodo y tranquilo por el resto de su vida, libre de preocupaciones  y de estúpidas necesidades. A las pocas semanas de estar en su nueva casa, y por cosas del destino, o de Dios, dependiendo de lo que usted crea, don Francisco se encontró en el puerto con don Esteban Viñas, un viejo amigo, que precisamente lo estaba buscando y que por terceros se había enterado de que él vivía en la Heroica, que por cierto, por esta época aún no era llamada así. Ambos habían hecho parte de varias tripulaciones de galeras que recorrieron el Nuevo Mundo, pero a diferencia de don Francisco, “el holandés”, como llamaban al señor Viñas, había seguido su rumbo, llegando a lugares muy lejanos y recorriendo tierras vírgenes y exóticas en otros mares. Y precisamente por eso estaba buscando a su viejo amigo, porque él sentía que tenía una deuda con él, pues don Francisco le había salvado la vida al “holandés” en un naufragio que sufrieron en el Caribe, y ahora tenía cómo pagársela. Cuando el señor Preys vio lo que su amigo le había traído, quedó profundamente impresionado.

Mientras don Francisco recordaba todos los detalles que le describió “el holandés” de su última expedición y, específicamente, del lugar de donde había sacado el obsequio que le había traído, pensaba en Fantina, su mujer. La había conocido en el lugar menos proclive para el amor en aquellos turbios tiempos: el mercado de esclavos. A lo largo de toda su vida, el señor Preys, había tenido muchas mujeres, sin embargo, ninguna se había convertido en su compañera permanente. Pero eso cambió cuando conoció a la hermosa mulata. Ella había sido arrancada de su tierra, uno de los tantos territorios africanos que durante siglos sirvió como despensa de esclavos para el Nuevo Mundo, junto con miles de negros más, en su mayoría hombres, para ser embarcados en estrechas galeras, prácticamente uno encima de otro, desnudos, en un terrible viaje por aguas del Atlántico que podía durar más de dos meses y en donde los más débiles morían y eran echados al mar como comida para tiburones. Cuando don Francisco la vio por primera vez, estaba con grillos y cadenas junto a cinco negros más, pues se acostumbraba reunirlos en grupos de seis. Durante varios días no pudo sacarla de su mente, no solo porque fuera una mujer hermosa, a pesar de lo enjuta que estaba, sino especialmente por su mirada. Una mirada que mantenía digna y altanera, a pesar de que había pasado a convertirse en un objeto, sin ningún tipo de derecho, si es que tal concepto ya existía en aquella época, al servicio de otros hombres que ni siquiera la consideraban humana, ni con alma, sino un simple animal el cual se podía utilizar y maltratar a su antojo. Un día, don Francisco no soportó más pensar en ella y se encaminó hacia el mercado de esclavos con la esperanza de que nadie la hubiese comprado aún. 

Desde que don Francisco Preys era niño, las aves siempre le llamaron poderosamente la atención. Le gustaba adentrarse en lo profundo de los bosques a observarlas y dibujarlas, aprovechando que tenía talento para ello; pasaba horas y horas admirándose por sus formas y colores y sobre todo, por lo que eran capaces de hacer: volar. ¿Será que algún día los hombres podremos volar como las aves?, se preguntaba mientras las veía impotentes y sublimes por los aires de su natal Inglaterra. Por eso, cuando llegó al Nuevo Mundo, quedó impresionado por la ingente cantidad de especies de aves que se encontró, su muñeca no daba descanso dibujando semejantes animales de colores tan vivos y formas tan extrañas que se topaba en cada nuevo puerto que visitaba. Pero don Francisco no se dedicaba solamente a dibujarlas sino que, cuando su tiempo se lo permitía, describía las costumbres de algunas de ellas, componiendo, sin saberlo, el primer tratado de ornitología del continente. Eran volúmenes y volúmenes de dibujos y descripciones, no solo de las aves, sino de sus huevos y sus nidos. Por eso, cuando el señor Preys, compró la casa en Cartagena, lo primero que dispuso fue dejar una habitación como biblioteca para almacenar en un lugar seguro y seco los más de veinte mamotretos que tenía hasta ese momento.

Don Francisco, sin ser un científico o un investigador, y sin deseos de fama o de gloria, estaba realizando una obra importantísima y pionera para la zoología americana. Su trabajo, no solo permitiría conocer las aves del Nuevo Mundo, sino clasificarlas y hasta adentrarse en sus comportamientos. El señor Preys se estaba adelantando más de cien años a trabajos como el realizado por la Expedición Botánica de José Celestino Mutis o las investigaciones sobre fauna de Jorge Tadeo Lozano; además, sus dibujos no tenían nada que envidiarle a las obras realizadas por Francisco Javier Matiz y Salvador Rizo, dos de los más importantes pintores de la Expedición Botánica. Don Francisco no había querido enseñarle sus libros a nadie, pues consideraba que era un simple hobby de un hombre amante de las aves, sin embargo, un día le enseñó su trabajo a uno de sus amigos y éste quedó tan admirado, que le recomendó que viajara a Santa Fe, aprovechando que en la ciudad se encontraba un importante biólogo, que incluso era profesor en Salamanca, para que le enseñara su trabajo. Francisco, estos libros podrían ser publicados en Europa y tu aporte a la zoología pasaría a la historia. Después de pensarlo por varias semanas, decidió hacerle caso a su amigo, sin embargo, dos días antes de viajar para Santa Fe, le llegó una citación para que se presentara ante el Santo Tribunal de la Inquisición, pues había sido denunciado como hereje.

Mientras el señor Preys buscaba con desespero por el mercado de esclavos aquellos ojos y aquella figura que habían cautivado su corazón, se encontró con un cachorro que estaba buscando, también con desespero, por el mercado de esclavos, pero no a una mulata, sino algo qué llevarse al hocico; don Francisco, como pudimos ver en los párrafos anteriores, siempre le llamaron la atención las aves, pero los caninos no le gustaban mucho, sin embargo, aquel cachorro macilento y pequeño le despertó cierto pesar y decidió recogerlo y llevarlo a su casa. El nombre para el perro fue fácil de encontrar, pues el animal siempre que veía pasar un cura, una monja, un obispo o un inquisidor, les empezaba a ladrar con tal animadversión, que don Francisco concluyó que el mejor nombre para su canino sería: Hereje. No estaba, la esclava, en el mercado, ni en el depósito, alguien ya la había comprado y no sería entraño que incluso en ese preciso momento estuviera viajando rumbo a Santa Fe, pues eran muchos los compradores que viajaban a Cartagena a adquirir esclavos. Entonces, recogió su cachorro y se fue para su casa con cierto dolor en su corazón. Cuando llegaron, le dio algo de comer a Hereje, que lo devoró todo con el ansia del hambriento, luego lo sacó al patio y con unas tablas, empezó a construirle una casita, el animal observaba con sus dos grandes ojazos a don Francisco trabajar, pero lo que más le llamaba la atención eran los patos, las gallinas, los gansos y demás aves, sobre todo, dos, muy extrañas y algo grandes y gordas, que tenía su amo, son bonitas, ¿no te parece?, me las trajo un amigo de una pequeña isla del Océano Índico, todavía no entiendo cómo hizo el “holandés” para que no se le murieran en semejante viaje, según me dijo, la especie se llama Dodo.

Este cuento sí que se está saliendo de cualquier lógica histórica, narrativa y hasta ornitológica, ¿unos dodos en la ciudad de Cartagena de Indias?, ¡por Dios!, pues, sí, queridos lectores, don Francisco Preys tenía en su poder, posiblemente, los últimos individuos de dodos del mundo, ya que por esta misma época, esta ave endémica de las Islas Mauricio, se estaba extinguiendo y los individuos que quedaban se podían contar con los dedos de las manos. Pero si me lo permiten, seguiré con la historia. En la celda de la cárcel del Tribunal de la Inquisición, como nos hemos podido dar cuenta, había varias cosas que le preocupaban a don Francisco: la negra Fantina, su perro Hereje, su casa, los libros sobre las aves del continente y los dodos. Son muchas preocupaciones para un hombre que se encuentra en semejantes líos con semejante tribunal, pero así somos los seres humanos, nos la pasamos la mayor parte del tiempo inquietos, ansiosos e intranquilos. Hablemos un poco más de Fantina.

Después de instalarse en su casa de Santo Toribio, don Francisco había adquirido cierta fama de buen dibujante y precisamente, unas semanas después, de haber recogido a Hereje, fue llamado por uno de los mercaderes de esclavos, un hombre muy rico, que vivía como un sultán y que tenía a su servicio más de veinte negros, la mitad de ellos mujeres. Él quería que el señor Preys le pintara un enorme cuadro de toda su familia. Al principio don Francisco no estuvo muy interesado en el trabajo y se negó incluso a ir a ver al mercader, pero finalmente fue, al menos para darle la cara y no quedar como un grosero engreído. Sin embargo, todo cambio cuando entró a la casa del mercader y se encontró con la mulata que durante tantas noches le había robado el sueño. Estaba amarrada a un árbol y con signos de haber sido golpeada en la espalda, don Francisco Preys, qué gusto tenerlo en mi casa, don Antonio, ¿cómo está usted?, bien, hombre, bien, siga por favor y hablemos de negocios, ha estado muy esquivo, yo pensé que ya no vendría a verme, qué pena con usted, don Antonio, es que he tenido muchas cosas entre manos, me lo imagino, don Francisco, lo importante es que ya se encuentra aquí, así que dígame, por favor, cuando tiempo se tardará en el cuadro y cuándo me valdrá. 

Don Francisco escuchó atentamente lo que deseaba don Antonio y calculó que un cuadro de esas dimensiones tardaría al menos un mes en terminarlo, sacó una libreta y anotó todas las indicaciones del mercader, pero no me ha dicho, don Francisco, cuando me va a cobrar, un esclavo, ¿cómo?, accedo a realizar la pintura, si usted me paga con esa esclava. Don Antonio cambio su rostro bonachón y risueño y se puso algo serio, ¿y por qué esa, don Francisco?, tengo muchas otras esclavas en mejores condiciones que podría darle, don Antonio, lo que usted me pide es un trabajo enorme y de varias semanas, cualquier pintor de Santa Fe le cobraría un ojo de la cara, yo solo le pido esa esclava, es una negra muy resabiada, don Francisco, me he visto en la necesidad de castigarla y amarrarla a ese palo, por eso don Antonio, no solo tendría su pintura, sin gastar una sola moneda, sino que se podría deshacer de un esclavo problemático, es muy hermosa, ¿no lo cree don Francisco?, qué dice, don Antonio. El mercader miró fijamente la esclava, pensó durante unos minutos, fue y se sirvió una copita de oporto, le ofreció una al señor Preys, pero él no quiso y finalmente le estrechó la mano al inglés protagonista de nuestra narración, está bien, acepto. 

Don Francisco Preys, usted ha sido llamado a este santo tribunal porque han llegado acusaciones en su contra, de qué tipo de acusaciones estamos hablando, su excelencia, de herejía, según el informe, usted niega la virginidad de la Santísima Virgen María y hasta se ha mofado de nuestra santa religión. Era verdad, don Francisco, en una de las pocas reuniones que había realizado en su casa, con supuestos amigos, se había pasado de copas y había terminado hablando más de la cuenta, él sabía que se había equivocado, no tanto porque le importara un pito poner en duda los dogmas católicos, sino porque se había puesto a decirlo en público, cuando todo el mundo sabía que la Inquisición estaba presta para procesar a los herejes y cismáticos. Don Francisco habría podido mostrar arrepentimiento y pedir clemencia, diciendo que sus padres nunca le habían brindado una educación cristiana y que él era un ignorante que necesitaba instrucción. Lo habrían mandado unos meses a un convento a que un cura o un monje lo instruyera y ya. Sin embargo, algo emergió dentro de él mientras escuchaba el tribunal, algo que debió dejar bien guardado en lo profundo de su corazón: orgullo y rabia. Encono y orgullo ante aquel tribunal que se metía en las creencias de las personas y las juzgaba sin el más mínimo resquicio de humanidad. No solo no negó las acusaciones, sino que se puso a increpar al tribunal y aumentar las razones para que fuera procesado. Fue enviado entonces a la cárcel.

El señor Preys sabía que se había equivocado, debió haber mantenido su boca cerrada, para qué buscarse problemas cuando estaba viviendo tan tranquilo con su mulata, con Hereje, sus aves y sus libros. Sin embargo, su orgullo y rabia habían podido más. En realidad, aunque don Francisco no lo sabía, hacía tiempo que el tribunal estaba pendiente de aquel extranjero que vivía en uno de los barrios más ricos de la ciudad, acompañado de una esclava, un perro y muchas aves. Según los vecinos que entrevistaron, era un hombre que salía bien temprano acompañado de un canino, que según otras pesquisas, llamaba Hereje, con una maleta que contenía hojas y lápices de colores. Tenía pocas visitas y nunca se le había visto participando en misa en la catedral ni en la Iglesia de Santo Domingo e incluso, y esto era lo peor, algunos lo habían escuchado blasfemando contra la Santísima Virgen y haciéndole el amor a la mulata un viernes santo. Increíble lo que se puede saber de uno por medio de los vecinos, ¿no les parece?, ¿y en qué trabaja?, le preguntó uno de los investigadores del tribunal a una señora de una casa contigua, sé que en ocasiones es llamado para pintar cuadros, pero además de eso, no le conozco otro oficio. La Inquisición había sido creada para juzgar exclusivamente a los bautizados en la Iglesia católica, que por una u otra razón, se hubieran apartado de su seno o blasfemaran contra sus verdades, pero eso no significaba que no tuviera derecho a juzgar a luteranos, calvinistas, mahometanos, incluso ateos. Y ese parecía ser el caso del señor Preys, pues no pertenecía a ningún culto, además, la Inquisición temía que su vida supuestamente disoluta, sin esposa, ni hijos, sin participar en los sacramentos, terminará afectando a algunos católicos tibios. Por eso decidieron echarle mano.

El proceso inquisitorial podía resultar muy lento para aquellos que se mantuvieran tercos o cerrados en sus posiciones. Después de las denuncias e investigaciones del caso, una junta, llamada de calificadores, analizaba los resultados y, si lo ameritaba, se citaba al reo. Si encontraban razones suficientes para continuar con el proceso y de acuerdo con la actitud que encontraran en el procesado, se le recluía en una cárcel, que normalmente era secreta, pero que en el caso de don Francisco, no fue así, porque su perro Hereje, gracias a su gran olfato, siempre supo donde estaba su amo y, como pudimos ver al inicio de nuestra narración, pasaba la mayor parte de su tiempo frente a aquel lugar. Tras ser recluido en la cárcel, normalmente al reo se le concedían tres audiencias. En la primera, se le preguntaba sobre su genealogía, ascendencia familiar, oficio, actividades, instrucción en los dogmas católicos y cosas por el estilo. En la segunda, se encomiaba al reo para que confesara voluntariamente sus prácticas o doctrinas heréticas; y en la tercera, los miembros del tribunal refutaban los errores con citas bíblicas y argumentos teológicos y se tomaba una decisión de acuerdo con la actitud del reo. Lo peor era que durante el proceso, que como dije antes, podía ser largo, los bienes se le confiscaban. Aquel día que llegaron los encargados por el tribunal para hacer el inventario de los bienes del señor Preys, se encontraron con una negra que vestía como una señora, un patio lleno de aves, dos de ellas muy extrañas por cierto, y un montón de libros en una de las habitaciones. Cuando abrieron los libros se encontraron con dibujos de aves y un montón de descripciones extrañas, brujería, dijo uno de los tipos y el otro que lo acompañaba pareció asentir, entonces empezaron a tomar cada uno de los mamotretos para llevárselos, en ese momento, entró Fantina como poseída por mil demonios y atacó a uno de los funcionarios, éste, como pudo, con mucha dificultad por cierto, se deshizo de la mulata y la golpeó muy fuerte, llamaron a unos guardias, se llevaron a la negra Fantina encadenada y los más de veinte libros de don Francisco para estudiarlos, si encontraban algo que delatara herejía o brujería, aquellos libros, serían quemados. 

12 de noviembre de 1679, año del Señor. La gente de Cartagena de Indias asiste a uno de los muchos autos de fe que ha realizado la inquisición en los últimos años. Caminan los reos en fila y encadenados, como si de un espectáculo se tratara, algunos con el sambenito puesto o con hábitos penitenciales de dos aspas; algunos han sido azotados o torturados de distintas maneras que es mejor no describir; otros han pasado varios años en la cárcel, como en el caso de don Francisco; algunos serán reconciliados y otros adjurados. En este auto en concreto ninguno fue entregado a la hoguera, es decir, ninguno fue relajado o condenado, que era lo mismo, pero en otros que se realizaron en años sucesivos, sí que ocurrió. Hereje, el perro del señor Preys, observa desde lejos a su amo caminar muy lentamente con la cabeza baja, en su cuerpo observa las consecuencias del paso inexorable del tiempo y de las malas condiciones en la hedionda cárcel de la inquisición, pues lo ve macilento, con una abundante barba, sin esa luz que reflejaba vida en sus ojos y terriblemente, si me permiten el adjetivo, triste. Durante todos estos años, Hereje, ha logrado sobrevivir en las calles de la ciudad, comiendo cualquier cosa y acompañando a su amo con suma fidelidad frente a la cárcel. Desde que el tribunal confiscó los bienes de don Francisco, el fiel canino no volvió por la casa de Santo Toribio y no había vuelto a ver a Fantina, la mujer que vivía con su amo y que lo había tratado con tanta humanidad.

Mientras don Francisco depositaba a Hereje en un pequeño ataúd que él mismo le había construido y le leía unas palabras de agradecimiento a aquel viejo perro que le había brindado tanta fidelidad y amor, mientras se secaba las lágrimas que se desprendían de sus ojos, recordaba todo lo ocurrido en aquellas audiencias que tuvo que soportar. Después de la primera, se dio cuenta que era absurdo pretender mantener su orgullo frente al tribunal, tenía que mostrarse arrepentido y buscar la manera que la sentencia fuera lo más benévola posible, para regresar, lo más rápido que pudiera, al lado de su negra, su can, sus aves, sus libros y su casa. Por eso, a partir de la segunda audiencia, su actitud cambió por completo. Manifestó que no era bautizado y que nunca había sido instruido en los dogmas católicos, pero que en lo profundo de su corazón deseaba con todas sus fuerzas hacer parte de la Iglesia, que se arrepentía de sus palabras frente al tribunal y lo que había dicho de la Santísima Virgen María, pero que tuvieran en cuenta que cuando lo dijo, estaba borracho, y que seguramente el Diablo lo había tentado a decir semejante herejía. Además, juraba ante la tumba de su padre, que él nunca le había hecho el amor a su esclava un viernes santo. Les pedía que lo ayudaran con la instrucción y que le dieran el honor de bautizarlo para demostrarles que podía llegar a ser un cristiano modelo. Algunos en el tribunal no acababan de convencerse de las palabras de don Francisco, sin embargo, otros empezaron a ver que realmente había cambiado ya que se le notaba más pío y más sumiso en todos los aspectos. 

Llegó finalmente el día en que el tribunal lo citó para dictarle sentencia. En general, todos habían creído en las palabras de don Francisco, y aceptaban su confesión y arrepentimiento. Por eso su sentencia fue: absuelto “ad cautelam” Este tipo de sentencia se dictaba cuando había sospecha o se sabía que el reo no pertenecía a la Iglesia Católica y sobre todo, con presos ingleses, irlandeses y escoceses que no habían tenido la ocasión de conocer y formarse en los dogmas católicos. Por eso, lo primero que se haría sería bautizarlo, luego él tendría que adjurar públicamente de sus errores en un auto de fe en la catedral. Pero, y esto dejó al señor Preys de una sola pieza, no se devolverían sus bienes, sino que pasarían a manos del santo Tribunal como compensación por los gastos en la cárcel, además, estaría un año en el Convento de San Diego recibiendo instrucción religiosa y lo peor de todo era que: “unos libros que hemos confiscado en su casa, señor Preys, serán quemados, pues nuestros especialistas, aunque no han encontrado indicios de brujería en ellos, sí consideran que no son los más apropiados para su nuevo estado, ya que lo pueden distraer de las cosas divinas.” Y mi esclava, qué pasará con ella, su excelencia, ella ya fue confiscada y vendida, con otros esclavos más, a un señor prestante de Santa Fe. 

Hereje cambió su residencia callejera de la cárcel, no tan secreta de la Inquisición, al convento de San Diego. Don Francisco no podía verlo, pero se enteró, por un monje, que lo comentó en el refectorio, que había un perro que hacía varias semanas se la pasaba echado frente a la puerta del convento y que no había querido moverse de ahí, no podía ser otro que su fiel amigo de cuatro patas, pensaba don Francisco. Mientras el señor Preys se instruía, día tras día, en aquel cúmulo de doctrinas que le importaban un pepino y rezaba un sin número de oraciones, muchas de ellas que ni siquiera entendía, porque estaban en latín, fue empezando a elaborar el plan que lo sacaría de aquel convento. De vez en cuando se aparecía por el mismo un guardia enviado por la inquisición para que los monjes le informaran sobre el señor Preys, él, por su parte, había seguido con su actuación pía y devota y hasta los monjes se habían creído el cuento que era un hombre nuevo, que había sido tocado por Dios. Sin embargo, solo era una distracción. Pero además, del guardia que iba esporádicamente, solo contaba con la presencia de los monjes. Así que después de dos meses de estar en el convento de San Diego de Cartagena de Indias, don Francisco llegó a la conclusión que era el momento de escapar, no podía soportar un solo día más en aquel lugar, además, necesitaba averiguar de alguna manera qué había ocurrido con Fantina, con su casa, sacar a Hereje de las calles e intentar corroborar si efectivamente la Inquisición había quemado sus libros.

La madrugada del 4 de enero de 1680, año del Señor, don Francisco Preys escapó del convento de San Diego; se encontró en la puerta con su perro, que se abalanzó hacia él y se dirigieron juntos a un lugar muy profundo de la sierra. Además de dibujar aves, don Francisco había escogido un lugar secreto para ir guardando, en un cofre, como todo un pirata de espíritu que era, dinero y otras cosas de valor que tenía, era consciente que si dejaba todo en su casa, alguna vez lo robarían y podría perder lo que con tanto esfuerzo había conseguido; así que durante varios meses se dedicó a llevar, acompañado de Hereje, aquel botín a lo profundo de la sierra, a un lugar que solo conocían su can y él. Cuando se escapó del convento sabía perfectamente que necesitaría dinero y por eso recurrió a su tesoro. Después de tomarlo se dirigió al barrio de Santo Toribio y, por ser muy de madrugaba, pudo entrar sin problema a su antigua casa, sin ser visto, el lugar aún estaba deshabitado, pero la Inquisición se había llevado todos sus muebles y enceres. Entró con cierto pesar a su biblioteca y la encontró vacía, sin muestras de los libros, las aves tampoco estaban. A la mañana siguiente, se alejó de la ciudad, fue a un pueblo cercano, se cortó la barba y cambió su aspecto lo más que pudo, para poder dirigirse a Cartagena de Indias con una cantidad grande de joyas para ver si podía lograr que don Antonio, el mercader de esclavos, le diera alguna información sobre el paradero de Fantina.

Hereje, muchos años después, a miles de kilómetros de Cartagena, mientras don Francisco le servía su comida, recordaría el terrible viaje que tuvieron que realizar con su amo, hasta la ciudad de Santa Fe, en busca de la mujer que él amaba y que ahora pertenecía a un arzobispo o algo así. De vez en cuando, el señor Preys, se preguntaba qué habría pasado con sus dodos, si habían pasado a ser parte de la comida de algún inquisidor o si de alguna manera habrían podido escapar y ahora eran una pequeña población, pues eran macho y hembra; se preguntaba, si finalmente, sus libros habrían sido quemados y todo aquel trabajo que él había realizado desde que había desembarcado en la Española, muchos años atrás, se había perdido para siempre. Esas preguntas nunca las logró responder, porque después de liberar a Fantina de las manos del obispo, con una fuerte suma de dinero por cierto, no volvió a la Heroica, que como les dije alguna vez, aún no era llamada así. Lo último que supo don Francisco de aquella ciudad, fue por medio de un comerciante, amigo suyo, que se encontró en un viaje que hizo a los antiguos territorios Aztecas, éste le contó, que don Antonio, el mercader de esclavos, había sido asesinado de una puñalada por un esclavo que había logrado escapar y al que nunca lograron capturar, definitivamente, señor Preys, Dios perdona siempre, los hombres algunas veces, pero la vida nunca. Hereje pasó los últimos años de su vida al lado de su amo, junto con Fantina y los hijos de éstos, ya no en Cartagena de Indias, sino en territorio Cherokee, lejos de la Inquisición, de su santo tribunal y de su terrible brazo.