martes, 2 de febrero de 2016

EL FIN DEL MUNDO ©

Por: Mauricio Rincón Andrade


Aquella tarde, después de una horrible jornada de trabajo en el banco, me estaba tratando de comer un perro caliente, luchando, con mucha dificultad por cierto, para que las papitas, las salsas, los huevos de codorniz y todo lo demás, que ahora le echan encima a los hot dogs, no se me cayera al piso, cuando escuché la noticia. El vendedor de perros tenía un pequeño radio encendido y el locutor anunciaba, con cierto tono entre ampuloso y cómico, que el 21 de diciembre de 2012, se acabaría el mundo. Según explicaba el periodista, un especialista no sé de qué pendejada, de una de las tantas universidades gringas que gastan millones de dólares en investigaciones estúpidas, dinero que alcanzaría para alimentar por varios meses a un país africano, había estudiado las profecías mayas y había llegado a dicha conclusión. La noticia fue tan trivial, que todos los que estábamos luchando contra nuestros perros calientes, no le prestamos la más mínima atención, sino que seguimos comiendo, como si nada. Sin embargo, después de terminar mi hot dog y de tomarme una Big Cola, que es como una Coca-Cola mal clonada, que era la única bebida que tenía el señor del carrito de perros, me fui pensando en la noticia. A lo largo de la historia, reflexionaba, habían sido muchos los supuestos profetas que anunciaron el fin del mundo e incluso, algunos se atrevieron a dar un año exacto, como cuando Charles Taze Russell, fundador de los Testigos de Jehová, predijo que en 1874 se acabaría el mundo. Mi abuela, que era una señora muy religiosa, me solía contar que en la Biblia había un libro en donde se narraba dicho acontecimiento escatológico: el Apocalipsis. Tan pronto aprendí a leer, recuerdo que lo primero que hice fue ir corriendo a buscar la Biblia que teníamos en casa para conocer todos los detalles del final de los tiempos. Me encontré con un texto un poco largo, aburrido, algo enredado y que parecía más un tratado de mitología griega, que un libro religioso y en donde, para mi decepción, no había ninguna fecha del fin del mundo.

Con algunos amigos, que me encontré aquella noche, comenté la noticia y todos fueron muy escépticos y no le dieron validez alguna a dicha información. Incluso, John, que era como el filósofo del grupo y algo misántropo, nos dijo que en realidad el fin del mundo ya lo estábamos perpetrando los hombres, pero a plazos. Pues nosotros, manifestó, los humanos, somos como el cáncer del planeta, acabamos con todo lo que se nos pasa por el frente: océanos, atmósfera, capa de ozono, ríos, humedales, bosques, selvas, quebradas, lagos, aves, delfines, tiburones, ballenas, ositos pandas…, además, concluía, nos reproducimos como ratas, y a este paso, el pobre planeta, que tuvo la desgracia que nosotros evolucionáramos, no soportará más nuestra contaminación y nuestra basura. Todos nos reíamos un poco con la intervención del John, pero no le faltaba algo de verdad en todo lo que nos dijo. En los siguientes días, fueron varios los medios de comunicación que desarrollaron la noticia y se decía incluso que Hollywood ya tenía lista una película sobre ese tema: 2012. Con lo de las profecías mayas, tampoco faltaron fundamentalistas religiosos que empezaron a hacer eco del supuesto fin de los tiempos y a llamar a la conversión y a que les dejáramos todas nuestras posesiones a sus movimientos. Por aquel tiempo, yo llevaba varios años trabajando en el banco como cajero. En realidad, ya estaba muy aburrido, pues mi jefe, no sé por qué razón, me odiaba y resultaba frustrante manejar tanto dinero todos los días y recibir al final de mes un sueldo risible. Y lo más injusto era que nuestro sistema bancario, facturaba, todos los años, miles de millones de dólares en ganancias, gracias, en parte, a los pobres trabajadores que teníamos nuestras cuentas bancarias y a que se nos cobraba hasta por estornudar en los cajeros electrónicos.

Un día, en la hora del almuerzo, mientras trataba de equilibrar mi pequeño sueldo con mis grandes deudas, me llamó mi jefe. Por aquella época había una vacante en el área administrativa del banco y yo tenía la esperanza que, al ser el único cajero con estudios universitarios en economía, me tuvieran en cuenta. Así que pasé la solicitud. Mi jefe me informó, sin mirarme a los ojos, que había tomado una decisión, nombraré a Karen, ¿cómo?, pero, usted me perdonara, señor, pero Karen solo lleva dos meses trabajando en el banco y además, creo que solo tiene estudios en bachillerato, ¿y eso qué importa?, ahora usted me va a venir a enseñar cómo debo manejar este banco, claro que no, señor, ni mucho menos, pero por qué no me tiene en cuenta a mí, mire que llevo varios años trabajando sin descanso y considero que me merezco un ascenso, no voy a discutir nada más sobre este asunto con usted, se puede retirar, ¡ah!, otra cosa, Cáceres, he pedido a los directivos de la central que lo trasladen a la sede del sur, ¿cómo?, ¿por qué?, necesitamos ubicar un nuevo personal que ha llegado, ¿y por qué no los envía a ellos a esa sede?, ¡otra vez, discutiendo mis decisiones!, no, no es eso, señor, lo que ocurre es que la sede del sur me queda muy lejos de mi casa, y eso que importa, pues madrugue más, y ya salga que tengo cosas importantes que hacer. Salí como poseído por una legión de demonios y me encerré en el baño, ya estaba harto, realmente harto que pasaran sobre mí y no valoraran mi trabajo; harto que ascendieran púberes recién salidas del colegio solo porque le coqueteaban y hasta se acostaban con el gerente; harto de manejar millones de pesos diariamente y no tener en el bolsillo ni para un almuerzo decente; harto de esta repugnante, nauseabunda y espuria sociedad, en palabras de mi amigo John. Así que tomé una decisión, una decisión radical, iba a hacerle caso a aquella supuesta profecía maya, viviría, de ahora en adelante, como si realmente el mundo se fuera a acabar el 21 de diciembre de 2012, sin importarme las consecuencias. 

¿Qué?, que me voy a robar el banco, usted está bromeando, ¿cierto Cáceres?, -con mis mejores amigos nos llamábamos por el apellido porque todos habíamos estudiado en un colegio militar- claro que no, Ramírez, además, si me llegan a coger, solo estaré unos meses en la cárcel, no ve que el 21 de diciembre se acaba el mundo, ¡otra vez con esa pendejada!, no es ninguna pendejada, los mayas lo predijeron, los mayas no predijeron nada, solo debe ser una mala interpretación de algún seudocientífico con grandes deseos mediáticos y nada más, eso es lo de menos, yo estoy convencido que a finales del año se acaba el mundo y lo demás no me importa, usted sabe que necesito dinero, Ramírez, con mis exiguos ahorros no me alcanza para nada, además, no puedo vender el apartamento, ya que le pertenece al banco, no ve que no logré pagar todas las cuotas del préstamo y me lo van a quitar, pues los malditos intereses subían sin control alguno, y al final, terminé debiendo cuatro veces más de lo que me habían hecho el “favorcito” de prestar. Cáceres, sé que está aburrido y si me perdona, hasta frustrado, pero no puede mandarlo todo al carajo por una discusión con su jefe, ni mucho menos, ponerse a hacer estupideces como esa que supuestamente planea hacer, ¿por qué no pide vacaciones?, si no tiene dinero yo le puedo prestar algo, Ramírez, le agradezco la oferta y hasta la sinceridad, usted es un buen amigo, pero no, no voy a pedir vacaciones, además, en las próximas semanas renunciaré al banco, en realidad, después de que lo robe, no se preocupe por mí, más bien analice usted qué va a hacer en los meses que nos queda, no malgaste su vida en un escritorio enriqueciendo a un tipo que ya no sabe ni qué hacer con tanta plata, bueno, Ramírez, nos vemos, pues necesito ir a conseguir un cerdo, ¿un qué?

A pesar de mi juventud, sentía que los mejores años de mi vida se me estaban yendo de las manos. Solo me había dedicado a trabajar sin descanso en algo que no me gustaba y a pagar los intereses de todo lo que había adquirido a crédito. Y casi, sin darme cuenta, mi existencia se había convertido en un maldito círculo vicioso que necesitaba romper con aquello que me apasionara y moviera mis fibras más íntimas. Los seres humanos tenemos la mala costumbre de aplazar las cosas y cuando nos damos cuenta, ya es demasiado tarde, porque somos unos viejos macilentos, frustrados y enfermos. Así que, si solo quedaban unos cuantos meses para el fin del mundo, iba a dedicarme a hacer lo que me gustara y para eso necesitaba, lastimosamente, dinero. Tanto tiempo trabajando en el banco me había ayudado a detectar ciertos problemas con la seguridad que podría aprovechar para robarlo, no pretendía llevarme una cantidad exagerada o desocupar la bóveda ni mucho menos, sino una pequeña suma, que juntaría con lo que consiguiera con lo del secuestro. 

Para esos “trabajos”, hablé con unos viejos amigos que estaban más locos que yo y que aceptaron gustosos colaborarme. Aunque me recomendaron que no secuestráramos a mi jefe, sino que mejor lo extorsionáramos, eso del secuestro trae muchas complicaciones, me dijo uno de ellos. Me pareció buena la sugerencia, además, yo sabía algo que podría ser de utilidad. Unos días después de mi jefe me confirmara que seguiría de cajero, mientras trabajara en el banco, y en la sucursal más alejada y concurrida de la ciudad, por casualidad lo vi entrando a un motel del centro, acompañado de Karen. Con algunos compañeros que lo comenté me dijeron que eso era muy normal en él, y que todas las jovencitas, que ahora ocupaban cargos administrativos, habían pasado por sus manos. Así que uno de mis amigos se dedicó a seguirlo y conseguimos un material suficientemente bueno para extorsionarlo con publicarlo en Internet y enviárselo a su esposa. Esa fue una de las cosas que nunca entendí, cómo, un tipo casado con semejante mujer tan bella e inteligente, se terminaba metiendo con jovencitas a las que hacía muy pocos años les había empezado a llegar la regla. Pero así somos los hombres, pensamos más con el pene que con el cerebro. En fin, el día que llegó el sobre con las fotografías y las pequeñas exigencias, en realidad no le pedimos mucho, yo estaba ahí, se puso blanco, pidió a su secretaria que nadie lo molestara y se fue a esconder a su oficina como un perro medroso.

“Los cerdos son animales muy inteligentes, incluso más que los perros; son leales, amigables y cariñosos, además de muy sociables, juguetones y protectores que crean lazos unos con otros; se cree que tienen imaginación y hasta tienen la capacidad de resolver ciertos problemas cotidianos.” Esto lo leí alguna vez en una edición de la revista National Geographic, y me llamó poderosamente la atención. El problema es que los seres humanos, aquella plaga sin entrañas, en palabras de mi amigo John, los condenamos a vivir en granjas industriales y los convertimos en simple materia prima para hacer salchichas, jamón, tocinetas y otras cosas. Por eso, después de hablar con Ramírez, me fui a una de esas granjas con el firme propósito de comprarme un cerdito, lo quería como animal de compañía. Además, trataría de que llevara una buena calidad de vida y que pudiera disfrutar conmigo los meses que le quedaban al planeta. Cuando llegué a la granja, me miraron como si fuera un lunático, y mucho más, después de ofrecer mi iphone 4s, que era el único objeto de valor que tenía, por el cerdo; el que me atendió no lo pensó ni un segundo y hasta llegó con dos cerditos para que yo escogiera, en realidad, me dio lástima escoger uno y desechar el otro, así que le pregunté al tipo que si aceptaba el teléfono por los dos animalitos, por supuesto, me dijo, con cierta cara de alegría extrema. Así que salí de la granja con Apocalipsis y Armagedón, los nombres que les puse a los cerditos, dispuesto a ultimar los detalles del robo, esperar el pago de la extorción a mi jefe y empezar a hacer las cosas que quería realizar antes del fin del mundo. 

Unos meses antes del 21 de diciembre, empezaron a ocurrir una serie de coincidencias, en palabras de Ramírez, o de pruebas irrefutables de que las profecías que contenía el libro del Apocalipsis se iban a cumplir, en palabras de mi abuela, en el planeta. El clima en Europa empezó a descender de manera nunca antes vista en otoño, registrando temperaturas que no se presentaban ni en los peores inviernos; las nevadas eran cosa cotidiana, varias ciudades empezaron a quedar incomunicadas y cientos de sus habitantes a morir de frío, especialmente adultos mayores y mendigos; en Oriente, los terremotos no solo aumentaron su regularidad, sino sus grados en la escala de Richter, y todos observamos por la televisión la destrucción de ciudades y la desaparición de pueblos costeros a causa de los tsunamis. En África, los científicos descubrieron en algunos pacientes la aparición de un nuevo virus que en pocas semanas se convirtió en una pandemia y se empezó a extender por los Estados Unidos y Europa; en otras partes del planeta, terribles olas de calor, no solo produjeron numerosas muertes, sino incendios que tardaron varios días en ser controlados; en gran parte de Sur América una fuerte temporada de lluvias trajo consigo no solo muerte y destrucción, sino la proliferación de una serie de enfermedades que nos mostraron que en realidad no éramos la cumbre de la evolución o de la creación, según seas evolucionista o creacionista, sino un simple animal más, que moría con una facilidad pasmosa ante seres microscópicos que convertían nuestro organismo en un campo de batalla en donde generalmente perdíamos. En realidad, a pesar de que era verdad que el clima del planeta estaba medio loco, en gran parte gracias a la acción humana, y que se estaban produciendo frecuentemente pandemias, cada vez más difíciles de controlar, no me parecía que fuera algo de lo normal en la hedionda historia humana, en palabras de mi amigo John. A lo largo de todo nuestro paso por el planeta, no solo habíamos pasado por esas cosas, sino por cosas peores, y ciertos acontecimientos catastróficos no significaban, necesariamente, que fueran signos inequívocos del fin del mundo. Pero independientemente de mis raciocinios, yo seguía con mi fe intacta, de que el 21 de diciembre de 2012, se acabaría todo. En medio de aquellas circunstancias, mi plan iba por buen camino. Mi jefe pagó puntualmente el dinero que le pedimos y decidimos no seguir molestándolo. Pero increíblemente nos dimos cuenta que no aprendió la lección, pues a las pocas semanas de pagar, siguió buscando púberes y engañando a su esposa. Un día, fui hasta la oficina de la hermosa mujer y se lo conté todo. Observó con tranquilidad las fotografías y luego me miró fijamente con aquellos preciosos ojos verdes que tenía. 

El robo, el robo fue una obra maestra de unos malditos genios, los mismos que me habían ayudado con lo de la extorción: Zapata y Guacaneme. Yo había elaborado un plan como en las películas de Hollywood, en donde entraríamos disfrazados y con armas, amordazaríamos a los vigilantes y luego les pasaríamos unas maletas grandes a los cajeros para que echaran el efectivo. Zapata se río un buen rato después de escuchar todos los detalles del plan que yo había trazado. Ellos eran dos brillantes ingenieros de sistemas, medio locos, que viajaron unos días después del robo a Europa a terminar sus doctorados y a seguir trabajando en una de las empresas europeas más importantes del ramo. Aquella mañana nos encontramos muy temprano, desayunamos bien y nos dispusimos a efectuar el robo. Tengo que reconocer que estaba algo nervioso y extrañado, porque me habían dicho que ellos se encargarían de traer todo lo que necesario para el “trabajo”, sin embargo, cuando nos encontramos, estaban vestidos como siempre, con jeans, camisetas y tenis y sin ningún tipo de elementos sofisticados, ni armas, para realizar el asalto. Luego del desayuno nos dirigimos a un café internet. 

Todavía recuerdo aquella profunda experiencia interna que tuve, aquel día que fui a gastar parte del dinero que habíamos robado, y que cambió mi perspectiva por completo. Me dirigía en bus con Apocalipsis, porque Armagedón no nos quiso acompañar y porque ningún taxi nos quiso llevar, al centro de la ciudad, a comprar todas las cosas que siempre había querido tener: un carro último modelo, ropa de diseñador, relojes costosos, electrodomésticos de última tecnología y otra serie de objetos por el estilo. Dejé al cerdito Apocalipsis a la entrada del centro comercial, con un mendigo al que le pagué muy bien para que me lo cuidara y al que le prometí más dinero cuando saliera; al entrar, me topé con una prestigiosa relojería. Escogí un Rolex precioso que hacía ver mi muñeca como una cosa burda y fea, y que valía lo que yo ganaba en un año de trabajo, me disponía a pagar cuando ocurrió la epifanía. ¿Qué diablos estaba haciendo?, ¿esto era realmente lo que quería hacer? Las preguntas pueden parecer estúpidas a los ojos de muchos lectores, porque si el mundo se va a acabar en poco tiempo, lo que hay que hacer es aprovechar al máximo todo lo que nos ofrece esta sociedad de consumo y sobre todo, teniendo el dinero para hacerlo. Sin embargo, por alguna extraña razón irracional, no era lo que quería hacer. Al contrario, sentía que deseaba, con todas mis fuerzas, alejarme de aquel mundo artificial, injusto y regido por el maldito dinero; quería coger mis dos cerdos y largarme de la ciudad, lejos de sus objetos lujosos y de todo lo que me ofrecía. ¿Qué hice entonces?

Vamos por partes y con esto termino mi relato. Zapata y Guacaneme se encargaron de hacer el robo desde un obsoleto computador en un horrible café internet del centro de la ciudad. De un momento a otro, dejé de tener mi cuenta en números rojos y empezó a crecer gracias a cientos de pequeños traslados de las cuentas más grandes. Lo que algunos pocos seres humanos tardan años o décadas en conseguir, ellos lo hicieron conmigo en un par de minutos, me volvieron rico. Ese mismo día, fui a varias sucursales del banco y realicé grandes retiros. Mis amigos no aceptaron ni un centavo y viajaron a Europa alegres y dispuestos a putear todo lo que pudieran antes del fin del mundo. Yo, por mi parte, después de echarme para atrás con la compra del Rolex, me fui de la ciudad. Compré una pequeña y hermosa casa en el campo con tierras para cultivar y me dispuse a esperar el fin del mundo con Apocalipsis, Armagedón y otros animales que compré, viviendo de lo que la tierra me daba y pasando largas horas del día arreglando un viejo Nissan que adquirí y que estaba completamente destartalado. Pero lo mejor de todo fue que además de mis amigos porcinos, empecé a compartir mi vida con Heidi, la hermosa e inteligente ex-esposa de mi jefe, que dejó finalmente a aquel imbécil que nunca la valoró y que siguió acostándose con púberes a las que hacía muy pocos años les había empezado a llegar la regla, sin importarme un carajo si el mundo finalmente se acabaría el 21 de diciembre o al fin terminaríamos destruyéndolo nosotros, los seres humanos, la peor y mal cruel especie que jamás pobló el planeta, en palabras de mi amigo John.

 

jueves, 3 de diciembre de 2015

IL PRETE ROSSO ©



 Por: Mauricio Rincon Andrade


Venecia es una de las ciudades más hermosas del mundo –empezó diciendo el profesor Piccolo-. Parece increíble pensar que exista una ciudad como esa, rodeada por más de cien canales, con hermosos puentes de piedra y de madera por todos lados, con construcciones antiguas, majestuosas y llenas de historia; es hierático lo que suscita observar el Gran Canal o la Plaza de San Marcos, de la que dijo Napoleón Bonaparte que era “el salón más bello de Europa”; sus palacios, sus basílicas y sus iglesias se erigen de forma sublime sobre distintos puntos de la ciudad; cuando entras a sus basílicas e iglesias, no solo te encuentras con hermosos edificios dedicados a lo divino, sino con espacios llenos de arte, como en la Basílica de Santa María Gloriosa dei Freri, en donde puedes contemplar una de las obras maestras de Tiziano o como la Iglesia de San Zaccaria que contiene obras de Giovanni Bellini y Van Dyck, por solo hablar de dos templos; no existe nada más placentero que viajar en una góndola por sus canales y dejar que tu mente contemple en silencio la ciudad sin permitir que ningún pensamiento contamine tu visión. Pues bien, en esta hermosa ciudad, un 4 de marzo de 1678, nació un niño débil de constitución que estaría llamado a convertirse en uno de los más famosos compositores de la ciudad y uno de los mayores representantes del barroco. No pudo nacer en una ciudad mejor, y no solo por la belleza y majestuosidad de la misma, sino porque por aquella época, Venecia era el reino de la música.


Poseía cuatro Ospedali, en donde se cultivaba la música y de los cuales más adelante hablaremos; siete teatros, incluso fue la primera ciudad en dedicar una sala de espectáculos exclusivamente para la ópera, alrededor de 1637; la ciudad tenía uno de los centros o seminarios más importantes de Europa de música vocal, además, no olvidemos, como comentábamos en alguna otra clase, que Venecia es la cuna del violín, el instrumento italiano por excelencia. En sus centros de educación musical, enseñaban grandes maestros como Domenico Scarlatti o Nicola Porpora, además, es la ciudad de grandes músicos como Albinoni, Bertoni, Tartini, Marcello, Pescetti por citar solo algunos. Pero la música no solo se respiraba en sus academias o en los Ospedali, sino en cada uno de los habitantes de la ciudad; una de las crónicas de la época manifiesta que un viajero, al llegar a Venecia a principios de siglo XVIII, le llamó la atención ver que hasta los mendigos pedían limosna cantando y que gran parte de sus ciudadanos tocaban algún instrumento. Esta ciudad, dará al mundo, un legado impresionante de música instrumental que no deja de admirar a todos aquellos que se quieran acercar con amor a la historia del arte sonoro occidental.


A finales siglo XVII, en Venecia, existían cuatro famosos Ospedali: San Lázaro dei Mendicanti¸ Santa María della Pietà, el de los Incurabili y l`Ospedalette. Los Ospedali eran hospicios u orfanatos en donde se tenían a los niños huérfanos. Pero además de esta labor social, los Ospedali eran verdaderos centros de formación musical, de allí salieron grandes intérpretes y cantantes conocidos en toda Europa. Es interesante acercarse a estas instituciones porque, en primer lugar, el modelo de enseñanza musical que tenían fue tomado por los primeros conservatorios europeos que surgieron, y, en segundo lugar, porque los Ospedali fueron, durante mucho tiempo, los únicos lugares de Europa en donde las mujeres podían aprender a tocar algún instrumento, enseñar e incluso, dirigir una orquesta. En uno de ellos, della Pietภenseñó, durante muchos años, el sacerdote, violinista y compositor veneciano al cual le vamos a dedicar las próximas clases, Deo volente (si Dios quiere) pues en realidad uno nunca sabe dónde y cuándo lo puede sorprender a uno un ataque cardiaco o un virus mortal –así era el profesor Piccolo, un anciano sabio y medio hipocondriaco-. Este cura, queridos y superficiales estudiantes, que evitaba cada vez que podía sus obligaciones eclesiásticas, por su pasión a la música, era conocido como el prete rosso, no porque fuera comunista, sino por el color de su cabello, pero en realidad su nombre era: Antonio Lucio Vivaldi.


El profesor Arcangelo Piccolo llegó a su apartamento, dejó en una silla su maletín repleto de libros y partituras, encendió su cafetera, para tomarse un café colombiano, uno de los pocos lujos que se permitía, se lavó cuidadosamente las manos y se dirigió a su piano; se quedó unos minutos concentrado observando el teclado y luego empezó a interpretar una hermosa melodía que le estaba dando vueltas en su cabeza desde hacía varias semanas, no le acabó de gustar del todo, pero sabía que iba por buen camino, en ese momento el café hirvió, se levantó, se volvió a lavar las manos, tomó una taza y se sirvió la humeante y suave bebida colombiana, se dirigió a una de las ventanas de su apartamento y se quedó unos minutos ensimismado observando, sin permitir que ningún pensamiento contaminara su visión. No se encontraba en la hermosa ciudad de Venecia, pero vivía en París, que a pesar de no contar con los canales, ni las góndolas, no dejaba de ser otra de las ciudades más hermosas del mundo. El profesor Piccolo trabajaba en el conservatorio de París y solía colaborar con algunas de las mejores orquestas europeas. Mientras estaba en su ejercicio místico de observar y no pensar en nada, alguien llamó a su puerta, era extraño, porque eran muy pocas las personas que conocían la dirección de su residencia, era un hombre soltero y de pocos amigos, no se movió de la ventana esperando que hubiera sido una equivocación, sin embargo, a los pocos minutos, volvieron a tocar, entonces se dirigió hacia la puerta y observó por el ojillo de la misma, era una mujer, muy joven y bella por cierto; no estoy interesado ni en lo que vende ni en lo que cree, váyase por favor, profesor, me podría regalar unos minutos de su tiempo, es importante, no atiendo a nadie en mi residencia, si necesita hablar conmigo con mucho gusto la atiendo en mi despacho del conservatorio, es algo personal profesor, ya le dije que en mi oficina la atiendo, no quisiera parecer grosera, pero lo que tengo que decirle es mejor que se lo diga aquí, en su casa, váyase, por favor, profesor Piccolo, no le quito mucho tiempo, ¡no entiende! ¡qué se vaya!, no me hubiera gustado decirle esto desde el pasillo, pero no me deja otra alternativa: profesor Piccolo, yo soy su hija.   


Antonio Lucio Vivaldi –empezó diciendo el profesor Arcangelo Piccolo- compartió con el genio de Mozart un destino similar: ambos murieron en Viena, en la pobreza y fueron enterrados en una fosa común; con el gran Johan Sebastian Bach, también tuvieron algo que los relacionó, pues la música de ambos, después de su muerte, fue olvidada y pasaron muchos años antes que se descubriera y empezara a valorar el legado de semejantes compositores, incluso, una de las biografías de Bach, cuenta que muchas de sus partituras originales fueron utilizadas para envolver carne o queso en los mercados. El padre de Antonio fue un gran violinista, don Giovanni Battista Vivaldi, que trabajó en la basílica de San Marcos y en el Ospedali San Lázaro dei Mendicanti¸ muy seguramente fue él el que le dio las primeras lecciones de música a su hijo. Porque en realidad es poco lo que sabemos de la etapa formativa del il prete rosso y de sus primeros años, pues de él conservamos muy pocas cartas, poquísimas, y escasos testimonios. Lo que sí sabemos con seguridad es que en 1693 entró al seminario de Venecia y fue ordenado sacerdote en 1703, ese mismo año empezó a trabajar en el Ospedali Santa María della Pietà en donde enseñará violín y dirigirá la orquesta. Allí pasará gran parte de su vida, no solo enseñando o dirigiendo, sino componiendo una cantidad nada deleznable de obras. La relación con della Pietà será de amores y odios, pero le debemos a dicho Ospedali que Vivaldi compusiera tantas obras para su orquesta y coro. En aquella época, il prete rosso era conocido en Venecia, en primer lugar, porque era un cura poco comprometido con su ministerio, no era extraño que en mitad de la misa, se retirara, con la excusa de que tenía problemas respiratorios, algo que era verdad, pero que él siempre exageró, a escribir alguna obra que se le había ocurrido en plena celebración, esto incluso hizo que la inquisición lo investigará, pero finalmente fue absuelto; en segundo lugar, fue reconocido inicialmente como un prodigioso violinista, pero con el paso de los años se irá consolidando también como un gran compositor y convertirá al violín en el instrumento rey de la época barroca. Pero eso no es todo, pues…, el profesor Piccolo no alcanzó a terminar la frase, quedó inmóvil, se colocó las manos en el pecho y cayó desplomado en mitad del salón con la mirada atónita de sus estudiantes.


Ana sabía que la reacción de su padre sería esa, su madre se lo había advertido: Arcangelo es de muy mal carácter, hipocondriaco, solitario, que nunca sonríe, pero un músico genial, te pareces tanto a él. Ella, que era músico también, le había ocultado a Ana durante casi toda su vida la verdad y hasta le había inventado que su padre había sido un destacado músico alemán de origen judío que había sido desaparecido por la Gestapo. Ana le creyó a su madre y no quiso profundizar más en el asunto, pues en realidad no le interesaba demasiado saber sobre su origen y prefirió quedarse con la idea de descender de un músico perseguido por los nazis. Sin embargo, con el paso de los años y en la medida que crecía como mujer y como pianista, empezó a interesarse por su papá y no descansó hasta que doña Karenina, su mamá, le dio un nombre, pensando que con eso Ana quedaría tranquila. Pero no fue así, sino que ella continúo investigando y gracias a algunos colegas alemanes se contactó con una institución judía que tenía un registro de los músicos desaparecidos o llevados a los campos de concentración nazi en plena Segunda Guerra Mundial y por ningún lado aparecía el nombre que le había dado su madre. Doña Karenina no quería contarle la verdad a su hija, no quería decirle que su padre era un ilustre músico italiano que había sido profesor suyo en París y con el cual una noche se había emborrachado y como adolescente irresponsable se le había entregado sin medir las consecuencias. Inicialmente había pensado en abortar, pero luego desistió de la idea, tuvo a Ana en Berlín, y nunca le contó nada al profesor Piccolo que no recordaba ni siquiera que en la única borrachera de su vida se había acostado con una de sus alumnas. Cuando finalmente le contó la verdad a su hija, Ana ya era una destacada intérprete, ganadora de varios premios internacionales de piano, que además de su genialidad, era admirada por su hermosa figura, sus ojos azules y su cabello rubio. Cuando Ana conoció la verdad, decidió suspender una presentación que tenía en Ontario y viajar a París a conocer a su padre. Ese mismo día que arribó a la Ciudad Luz tomó un taxi y se dirigió a la dirección que con mucha dificultad había conseguido, subió hasta el cuarto piso y tocó en el apartamento 402, lastimosamente, las cosas no pudieron salir peor.


Antonio Vivaldi escribió un poco más de 800 obras, incluyendo 46 óperas, una gran cantidad de música sacra, algunos oratorios, sonatas, música vocal, como cantatas, serenatas y motetes, unos 220 conciertos para violín y otros 230 para otros instrumentos, además, no olvidemos que él le dará una forma nueva al concierto que luego será clave en el romanticismo y en el clasicismo. Muchas de sus obras se perdieron e incluso, llegamos a conocer la existencia de algunos de sus conciertos, gracias a las transcripciones que hizo para clavecín de algunos de ellos, el considerado, por muchos especialistas, incluyéndome, el padre de la música: Johann Sebastian Bach. Pero muy seguramente su obra más conocida es una serie de 12 conciertos para violín que llevan como título: Il Cimento dell´Armonia e dell´Invenzione, escritos alrededor de 1725. De estos 12 conciertos escritos para violín solista, orquesta de cuerdas y clavecín, sobresalen los cuatro primeros, que popularmente son llamados: Las Cuatro Estaciones. Estas hermosas piezas tratan de describir las características propias de cada una de las estaciones del año. Se conserva incluso cuatro sonetos que algunos llegan a afirmar que los escribió el mismo compositor, cosa que dudo, y que reflejan lo que la música describe: el canto de los pájaros, una tormenta, los truenos, la siesta de un pastor, el ladrido de un perro, etc. Pero lo más importante, de estos cuatro conciertos, es que no solo son una descripción con música de algunos elementos propios de las estaciones, sino que tratan de expresar, por medio de las notas, lo que la naturaleza suscita en el hombre, al menos, en un hombre sensible. ¿Por qué un compositor de la talla de Vivaldi, fue olvidado prácticamente después de su muerte y su nombre ni siquiera figuró en los libros de música de su época? La respuesta a esta pregunta nos llevará por varios laberintos y recovecos de la historia de la música, muchos de ellos tan oscuros y nauseabundos, como la misma historia humana. Digamos, en primer lugar que…, hasta aquí llega el último cuaderno de notas del profesor Arcangelo Piccolo. A pesar de su experiencia como docente y músico, le gustaba escribir algunas de las ideas que desarrollaría en sus clases. Estos cuadernos, muchos años después de su muerte, fueron editados y se convirtieron en verdaderos clásicos de la historia de la música occidental.


La reacción de su padre fue un verdadero aluvión de insultos y gritos que apenas le dieron tiempo a Ana de decir alguna cosa. Sin embargo, después de tirar la puerta con fuerza, tan fuerte que una de sus repisas con libros fue a dar al suelo, el nombre de karenina Mertens, le resucitó en la memoria del profesor Piccolo. ¡Claro que la recordaba!, era una hermosa alemana, muy talentosa, que tocaba el violín con maestría. Ese nombre, pensaba el profesor, es imposible de olvidar, sobre todo para los amantes de la literatura como yo. A la mañana siguiente, madrugó más que de costumbre y se dirigió a la secretaría del Conservatorio y le pidió a madame Sophie que le permitiera la carpeta de Karenina Mertens, ella se extrañó de ver al profesor Piccolo por allí, pero sin preguntarle ni siquiera para qué la necesitaba, se la entregó. Él la tomó y se fue a su oficina. Por más de una hora revisó lo que contenía y hasta se deleitó con una sonata para violín que la misma Karenina había compuesto y que se encontraba dentro de la carpeta. Lo último que estaba consignado de madame Karenina era que en la actualidad hacía parte de los violines primeros de la más famosa e importante orquesta del mundo: la Filarmónica de Berlín. La carpeta curiosamente contenía una serie de recortes de periódicos en donde se hablaba de la hija de la violinista. En medio de su rabia y sus gritos, el profesor Piccolo no había tenido tiempo de fijarse en la joven que lo había importunado en su casa, pero al ver con atención el rostro de Ana, en los recortes, quedó de una sola pieza. Aquella hermosa joven era igualita a la madre del profesor, no puede ser, pensaba el longevo italiano, mientras leía con atención las buenas críticas que le hacían a la genial intérprete.


Ana sabía que no podía darse por vencida, no había viajado hasta París solo para recibir aquel aluvión de insultos y gritos. Así que a la mañana siguiente se dirigió al Conservatorio de París con la esperanza de poder dialogar con su padre. El profesor Piccolo, ya había escuchado hablar de aquella joven y bella prodigio alemana del piano e incluso, uno de sus colegas le había regalado la grabación que había hecho Ana de algunos nocturnos de Chopin, pero el profesor en ese momento no le prestó atención a su colega y había guardado el acetato sin ni siquiera abrirlo. Ese día, después de terminar de leer detenidamente la carpeta de Karenina Mertens y los recortes de periódico que hablaban sobre Ana, busco el acetato y lo colocó en el tocadiscos de su oficina. Tan pronto empezó a sonar la grabación, sufrió un impacto aún mayor que el que experimentó al darse cuenta que aquella bella alemana era igualita a su madre. Hacía mucho tiempo no escuchaba una interpretación como esa, esa era la forma como él siempre había pensado que debía sonar Chopin, esa era la forma como él interpretaría a Chopin, más todavía, esa era una forma aún mejor de interpretar a Chopin. ¿Sería posible?, ¿aquella joven, podría ser su hija? Trató de recabar en lo profundo de su memoria y logró viajar veinte años atrás y recordar, con cierta dificultad, una bella velada con Karenina, en su residencia, alrededor de varias botellas de Rioja. Se asustó, caminó de un lado para otro y abrió la puerta a la posibilidad de que Ana fuera su hija. La ansiedad lo empezó a invadir, necesitaba averiguar la verdad fuera como fuera. Sin embargo, en ese momento lo esperaban sus estudiantes para continuar con la vida de Antonio Vivaldi. Al salir de su oficina se topó con el director del Conservatorio, apenas se saludaron, como lo hacían siempre, Monsieur, ¿qué opinión tiene de la pianista alemana Ana Mertens?, cómo, Monsieur, ¿qué opinión tiene de la pianista alemana Ana Mertens?, el director se extrañó porque aquel genial profesor italiano apenas le hablaba, sin embargo, le respondió muy amablemente, es uno de los mejores intérpretes de nuestro tiempo, sin lugar a dudas. El profesor Piccolo le agradeció y entró al salón con una sonrisa dibujada en su rostro. En el preciso momento que Ana entraba al Conservatorio de París dispuesta a dialogar con su padre, el profesor Arcangelo Piccolo sufría un ataque cardiaco y caía en la mitad del salón de clases mientras hablaba del il prete rosso.

jueves, 8 de octubre de 2015

EL PERRO GALILEO ©


Por: Mauricio Rincón Andrade


En el siglo I de la era cristiana, muchos hombres, mujeres, ancianos, niños, ricos, pobres, señoras, meretrices, emperadores, míseros, felices, frustrados, suicidas, asesinos, ladrones, corruptos, religiosos, ateos, artistas, caritativos, crueles, valientes, medrosos, honestos, espurios, valiosos, escorias, entre otros, pisaron la tierra. Sin embargo, en los anales de la historia, un acontecimiento específico marcó de manera singular a todo el mundo occidental. Un judío se proclamó hijo de Dios, suscitó un movimiento que, con el paso de los siglos, adquirió un poder inimaginable e hizo, seguramente sin quererlo, que el celibato fuera obligatorio, los hábitos, un estilo de vida y lo ritual, toda una maquinaria para recoger dinero. Este judío finalmente fue juzgado por el imperio romano y condenado a morir como los peores asesinos de su tiempo: desnudo, fuera de la ciudad y en una cruz. Las razones de su condena no parecen muy claras: por proclamarse hijo de Dios, por provocar revueltas, por ir en contra de muchas tradiciones judías, por ser un enemigo del César, por no responder en el momento del interrogatorio, porque estorbaba a un poder establecido, por voluntad de Dios. La verdad es que lo asesinaron.

Su estilo de vida no coincidió con su terrible condena. Es verdad que todos los días condenan inocentes, pero, después de lo que hizo, lo más justo hubiese sido una medalla, las llaves de la ciudad o un paseo por toda Jerusalén en carro de bomberos. ¿Qué hizo? Curó enfermos, animó tristes, perdonó pecados, reconoció la humanidad en mujeres y leprosos, le brindó esperanza a los poseídos y a las prostitutas, seres despreciados de su época, y ayudó a muchos a comprender que caerse no es razón suficiente para quedarse ahí. Es decir, fue un buen tipo, más aún, una excelente persona con amor suficiente para todos. Sin embargo, lo asesinaron.

Este judío no estaba solo, pues, además de moverse por toda Palestina y sus alrededores con doce manes, tenía un perro. Sí, un perro, que caminó lo mismo que todos juntos, que comió pan y pescado, que ladró en el templo y que estuvo en la cruz junto a las mujeres y al joven Juan. Pero, a diferencia de ellos, el perro lo acompañó en el sepulcro, frente a la piedra inmensa. Cuando el judío resucitó, pequeño detalle que había olvidado decir antes, lo primero que vio no fue a su madre, ni a Juan, ni a las mujeres, ni siquiera a los guardias romanos, sino a su perro, pues el perro era de él. Este gozque había nacido en la región de Galilea, en Magdala más exactamente, y fue seguramente el ser que más conoció al judío crucificado y al que estaba detrás de él, es decir, al ser más incomprendido y solitario del mundo. Al judío le gustaba pasar largas horas orando lejos del pueblo, por esa época era más famoso que Michael Jackson, se retiraba, dejaba a los doce roncando y se iba a dialogar con Dios. Sólo un ser lo acompañaba, ¿el perro?, ¡claro que el perro!; se acostaba a una justa distancia para no interrumpir y sólo se paraba cuando el judío había terminado.

En esta parte del relato, seguro que se ha suscitado una pregunta entre todos los lectores, ¿cómo nos prueba que el judío ese tenía un perro?, más aún, ¿en dónde se habla de él?, pues, siendo exactos, en los evangelios, que son testimonios en relación con la enseñanza y algunos aspectos de la vida del judío, no se nombra por ningún lado. Pues se equivocan. En los evangelios sí se habla de él. Vamos por partes. ¿De dónde salió?, o lo que es lo mismo, ¿se lo regalaron, lo compró, lo encontró en la calle? Ninguna de las anteriores. El perro decidió seguir al judío. ¿Decidió?, sí. Pero si los perros no deciden nada, se mueven sólo por instinto. Eso es mentira, con perdón de ciertos etólogos. Los perros no se mueven solamente por instinto, los perros sienten, sufren, lloran, se alegran, hacen sus necesidades a toda hora y también deciden. Me voy para allá, voy tras esa perra, me quedo en esta casa. Pues bien, el perro galileo decidió seguir al judío.

Todo ocurrió cuando el judío se encontraba en Galilea, enseñando a unas cinco mil personas, esta cifra es suministrada por San Marcos en el capítulo 6, verso 44. En medio de tanta gente, no es raro que hubiera un perro, es decir, nuestro perro se encontraba allí. Después de las enseñanzas del judío y de algunas curaciones, los doce cayeron en la cuenta que no había pan pa’ tanta gente. No hay pan, le dijeron, mándelos a sus casas que lo que tenemos no nos alcanza ni para nosotros; denles ustedes de comer, les respondió, pero fue él finalmente el que logró que todos comieran. Por invitación del judío, todos reunieron lo que traían de comida, compartieron y así todos quedaron llenitos, más adelante a ese gesto lo llamarían “la primera multiplicación de los panes y de los peces” y lo calificarían de milagro. Sí, hubo un milagro, no que los panes y los peces salieran de la nada, sino que el judío lograra convencer a cinco mil personas que compartieran lo que traían. Un milagro, sí, traten de poner de acuerdo a veinte adultos y verán que realmente fue un milagro. El perro comió y quedó admirado con el judío. Decidió seguirlo, esta primera decisión del perro seguramente contaminada de interés, con éste cerca no me faltará comida. Al día siguiente, el judío dijo las palabras clave, “si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. El perro galileo decidió, esta vez sí definitivamente, seguirlo. Se negó a sí mismo, tomó su vida perruna y se convirtió en el más fiel seguidor del judío.

Los discípulos al principio ni siquiera se percataron de la presencia del perro, pero, con el paso de los días, fue imposible no percatarse de ella; primero, porque algunas veces las sandalias de los discípulos fueron a pisar exactamente en los excrementos del perro y, segundo, porque el perro siempre estaba cerca del judío, más cerca que cualquiera de ellos. Cuando eran enviados a evangelizar, el judío se quedaba sólo con él. Los discípulos se reunieron una de esas veces en que el judío estaba orando al ser más incomprendido y solitario del mundo, acompañado de su discípulo de cuatro patas. Ese perro tiene que irse, manifestaron todos, Juan fue el único que no estuvo de acuerdo, aquel apóstol, el más joven de todos, estimaba más que cualquiera la amistad y sabía que el compromiso más importante con un amigo es la fidelidad, esa convicción lo llevó a ser el único de los doce que acompañó al judío al lado de la cruz. Ese can, nunca se había quejado por las largas caminatas, por la falta de comida, por los desprecios de muchos seguidores del judío, por el frío, la lluvia o el calor excesivos, él sólo lo acompañaba con suma fidelidad y alegría, ese perro debe quedarse, más aún, dijo Juan, el que tiene que decidir es el maestro, pues el perro no nos sigue a nosotros, lo sigue a él. El tiempo le daría la razón. En la cruz sólo acompañaron al judío: su madre, el joven Juan, unas mujeres y un perro.

Un día, se encontraban los catorce cerca de Jerusalén, el judío estaba enseñando como acostumbraba: a través de parábolas, a cientos de personas y con gran autoridad. La decisión estaba tomada: echarían el perro en un costal y lo dejarían amarrado en el primer pueblo que pudieran. No se lo comunicaron a Juan porque estaban seguros que él no estaría de acuerdo y se lo terminaría contando al maestro. Pedro ya estaba listo con el costal cuando el judío empezó con otra de sus parábolas: “era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y un pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico..., pero hasta los perros venían y le lamían las llagas”, esa última frase sonó como un eco en la cabeza de Pedro y no fue capaz de atrapar al perro galileo. Pedro recordó que unos días atrás, mientras el judío estaba enseñando y ellos comiendo, el perro se había acercado a un mendigo y le había lamido, con ternura, sus llagas. Ese perro, pensó Pedro, había captado mejor que ellos el mensaje del judío: “si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos”. Sintió vergüenza por lo que iba a hacer y desistió de su decisión, el perro se queda, les dijo a los otros. Y el perro se quedó definitivamente.

Con el paso de las semanas, el perro se ganó el aprecio, y hasta el amor de los discípulos, especialmente de Felipe, que disfrutaba mucho jugando con él en los pocos momentos que tenían de descanso. Sin embargo, el perro galileo siempre demostró gran animadversión hacia Judas, el encargado de la bolsa de dinero. Cuando Judas se acercaba al judío, el perro le empezaba a ladrar como si se tratara de un bandido, Bartolomé sería el primero en recordar esta anécdota después de la resurrección del maestro. En esta parte del relato, no sé si ya me hayan dado la razón y crean en la existencia del perro galileo. Seguramente muchos no se han convencido aún. Sin embargo, tienen que concederme que tampoco pueden negarlo. En los textos evangélicos, puede que no se hable explícitamente de él, pero, como he tratado de demostrar, es posible, ¿por qué no?, que se hable implícitamente de él. Esta exégesis puede resultar escandalosa y traída de los cabellos, pero no me pueden negar una cosa: el judío amaba a todas las criaturas, no sería raro que tuviera un perro. Espero haber respondido a la pregunta suscitada párrafos anteriores. Seguro que han surgido muchas otras, tratemos de responder a la última, ¿qué aspecto tenía el perro galileo?, ¿de qué raza era? La respuesta es sencilla: no tengo ni idea. Si los evangelios no se preocupan ni del aspecto físico del judío, mucho menos van a gastar espacio describiendo al perro galileo. En pocas palabras, imagínenselo como quieran: un pastor alemán, un ladrador, un pastor bernés, un criollo. En fin, lo fundamental, y eso lo aprendió muy bien el perro, no es el aspecto exterior sino lo que llevamos dentro, ricos o pobres, feos o bonitos, todos somos iguales y merecemos ser depositarios de amor y respeto.

Jerusalén, esa fue la ciudad elegida por el judío para su último periplo, no es raro que haya sido así, pues esta era la ciudad más importante de todo Israel, en ella se encontraba el templo, el centro de culto y adoración más significativo para los judíos. Construido, por primera vez, en la época del rey Salomón, el templo había sido destruido y reconstruido varias veces a lo largo de la historia. El que estaba de pie cuando el judío entró a Jerusalén había empezado a ser construido alrededor del año 20 antes de la era cristiana por mandato de Herodes el Grande y después de más de cincuenta años de trabajo aún no lo habían terminado. Ese majestuoso templo sería destruido definitivamente en el año 70 por los romanos y no lo volverían a levantar, un muro, llamado el muro de las lamentaciones, sería lo único que quedaría de la imponente construcción. Pero además del templo, Jerusalén era una ciudad con gran afluencia de personas, que iban y venían, comerciantes, artesanos, sacerdotes, fariseos, publicanos, saduceos, ciudadanos romanos y muchos devotos. Alrededor del templo, el comercio -representado en los cambistas, que eran los encargados de proveer a los visitantes de la moneda del templo, y los vendedores de los animales para los sacrificios y todo tipo de comerciantes- y el gentío eran impresionantes. Esa escena de desorden e irrespeto hacia la casa de Dios había hecho enojar al judío que, junto con el perro galileo, tiró las mesas y formó una revuelta monumental.

Jerusalén sería el último destino del judío que cambiaría definitivamente toda la historia de Occidente en nombre del ser más incomprendido y solitario del mundo. La forma en que entró a la ciudad no hacía prever los acontecimientos que se desarrollarían más adelante. El judío entró en un pollino, es decir, en un asno; el caballo era un animal de guerra, por eso, entrar en burro era signo de paz y así parecieron entenderlo todos porque, mientras el judío entraba a Jerusalén montado en burro, las personas tomaron ramas de los árboles y alfombraron su camino. Fue grandioso, el perro se sentía orgulloso de la decisión que había tomado. Con esa entrada, lo que sigue es el camión de bomberos y las llaves de la ciudad, pensó el perro; sin embargo, resultó ser todo lo contrario. Después de terminada la cena pascual, que el perro se perdió porque le dio por salir a mear a un árbol, por eso no aparece entre los convidados descritos por los evangelistas, el judío salió a un lugar llamado Getsemaní y dejó a sus discípulos velando, mejor dicho, durmiendo, porque sólo fue que saliera el judío para echarse como piedras. Como siempre, el perro lo siguió de lejos y lo que observó fue a un hombre muy triste, que lloraba e imploraba al ser más incomprendido y solitario del mundo que le diera fuerzas para llevar hasta sus últimas consecuencias todo su actuar centrado en el amor por Él y los otros. Al llegar, Judas lo estaba esperando con un montón de gente armada para atraparlo. El perro trató de defenderlo y hasta le mordió la oreja a uno de ellos, el judío curó al hombre y observó con cariño a su fiel amigo de cuatro patas mientras se dejaba llevar como si se tratara de un asesino.

Lo que ocurrió después ya lo saben ustedes. Los discípulos salieron huyendo y hasta el panzón de Pedro se atrevió a negar cualquier relación con el judío, “yo no conozco a ese hombre de quien habláis”; sentenciaron al judío a morir en una cruz y pocos seres fueron fieles hasta el final. No sólo asesinaron al judío, y no me refiero a los dos malhechores que crucificaron con él, sino al que estaba detrás del judío, es decir, al ser más incomprendido y solitario del mundo. No era sólo una condena a un hombre sino a un dios, al dios del judío, que no cuadraba con la idea estática y castigadora del dios de ellos. Eso lo entendió perfectamente el perro, eso y la razón de su muerte, su coherencia con su obra y su enseñanza, no por voluntad de Dios, Dios no puede ser un sádico que envía a su hijo para que lo asesinen. Con la muerte del judío nació un nueva manera de ser humano, una manera, lastimosamente, que muy pocos a lo largo de la historia, han sabido imitar.

El perro esperó a que depositaran el cuerpo sin vida de su maestro y se quedó varios días acompañándolo. Una mañana del primer día de la semana judía, es decir, un domingo, mientras él estiraba sus patas volvió a ver con vida a su amigo. El discípulo amado, como también era conocido el perro, movió su cola de un lado para otro mientras el judío le acariciaba la cabeza. Él, le dio un regalo, le regaló la inmortalidad, ¿a un perro?, sí, a un perro, a su perro. El perro galileo sigue con vida y sus descendientes recorren diariamente nuestras ciudades, se protegen de la lluvia debajo de un puente o al lado de un mendigo, comen de nuestra basura, soportan nuestro maltrato, desprecio e indiferencia y tratan de continuar con el legado del judío: llenar de amor un mundo que parece haberse acostumbrado a vivir en medio de la inhumanidad.