jueves, 21 de mayo de 2015

EL ABSURDO SENTIDO DE LA VIDA ©



De Dios y otros cuentos
Por: Mauricio Rincón Andrade



El Absurdo


Katia soñó con el profeta del absurdo el día en que éste nació. Esa mañana se despertó más asustada y nerviosa que otros días, no quiso salir de la casa, permaneció en su habitación, abrazada a Buba, su osito de peluche favorito, y sólo repetía como un disco rayado: ¡ha nacido algo malo, muy malo! Sus padres la llevarían a Praga, la niña no podía seguir viviendo de esa manera. En Praga se encontraba uno de los mejores neurólogos del mundo y, posiblemente, la última esperanza de Katia. Habían ido a todos los especialistas de su país y de resto de países sudamericanos, pero toda la ayuda había sido inútil. Incluso habían viajado a Norteamérica, pero la niña no había mostrado ninguna mejoría. Allí el doctor que la vio les aconsejó: vayan a Praga, sé que el doctor Peter Cortot ha estado tratando a una mujer con un caso muy similar al de Katia, él es posiblemente el único neurólogo del mundo que podría ayudar a la niña. Katia regresó con sus padres y logró dormir bien dos noches, a la tercera, se despertó asustada, gritando y buscando desesperadamente a Buba. Esa noche, Katia vio el advenimiento del profeta del absurdo. A la semana siguiente, Katia y su familia viajaron a Praga.


Ese día que Katia viajó con sus padres a la bella ciudad a las orillas del Moldavia, un hombre fue condenado a pena de muerte, Brasil derrotó a Argentina en fútbol, un bosque se quemó, un viejo astronauta se quitó la vida, Nancy perdió la virginidad; Tomás, un niño de doce años, se partió el brazo el día en que su madre cumplía años, Jaime conoció el mar y quedó estupefacto, unos borrachos asesinaron a un policía de tránsito cuando éste se acercó a pedirles los papeles; nació un premio nobel de literatura en los arrabales de una inmensa ciudad del tercer mundo, se descubrió en una biblioteca de Venecia una partitura autógrafa de Antonio Vivaldi, Pedro perdió su empleo, nació un gato con tres ojos, se chocaron dos trenes en la India, doscientos muertos; Estados Unidos movió tropas de nuevo al Medio Oriente, un palestino se inmoló en un autobús en Jerusalén y murieron quince israelitas, a Sofía, una mujer cualquiera, le llegó la regla, Amanda, otra igual, descubrió que estaba embarazada y saltó de paroxismo; Pepe, como lo llaman sus amigos, se masturbó en el baño de su colegio y su amigo Nicolás probó la cocaína, un niño en Bogotá dibujó un sol, una casita, su familia y a su perro, Titán, años más adelante, será el pintor más reconocido de su país; Mauricio y Rosita se casaron y fueron felices para siempre, nació Luciana Sofía, cientos de chinos salieron a protestar contra los gringos, una cigüeña hizo su nido en el convento de San Esteban en Salamanca, Susana recibió una carta de amor; Diana recibió su título de psicóloga, llovió, ¡milagro!, en Lima; un anciano le echó arroz a las palomas en el Central Park, Victoria terminó de leer El año de la muerte de Ricardo Reis y Franklin, su esposo, La milla verde, un joven ciego escuchó una suite orquestal de Johan Sebastián Bach y decidió estudiar música; se conmemoró el aniversario de la muerte de un importante ciclista, Petrolina, una hermosa mulata, lavó ropa, tendió camas, hizo la comida y se defendió con gallardía de su patrón que trató de violarla, al día siguiente, renunció; se inauguró un bar en el centro de Manila, un matrimonio de actores de Hollywood se separó, se efectuó una carrera de Nascar, ganó un colombiano; Nicole sembró un árbol, nunca escribió un libro ni tuvo hijos, pues era estéril; nacieron veinte terneros, trescientos perros, dos tortugas, un oso panda y cinco mil seres humanos; escribí esta parte del cuento y un perro callejero de una urbe norteamericana percibió un extraño olor que lo hizo levantar del lugar donde se encontraba echado para buscar el origen de aquello que impregnaba su prodigiosa nariz.


No tuvo, el perro callejero, que caminar mucho, pues el olor venía despedido de un hospital muy cercano al lugar donde se encontraba echado. Aquel olor era avasallador y despertaba en el joven can una serie de sensaciones que nunca había experimentado antes: angustia, desasosiego y profunda tristeza. Los humanos pasaban distraídos en sus múltiples ocupaciones y los demás perros no sentían nada, pues el can de nuestro cuento era un perro especialmente dotado, superdotado, si me lo permiten, su olfato fue el más desarrollado que jamás nació. Se echó frente al hospital, sabía, su olfato se lo decía, que aquel o aquello que despedía semejante olor estaba a punto de salir. Un niño con un brazo enyesado salía acompañado de su madre, bonito regalo de cumpleaños que me has dado, un doctor obeso, calvo y con ojos claros, estaba hablando por celular. El olor se hizo más fuerte e insoportable, fuera lo que fuera aquello estaba a punto de salir. Se empezó a abrir la puerta lentamente, el olor casi hace caer a nuestro perro callejero que se encontraba parado en sus cuatro patas. Ecce Homo. Un matrimonio, fieles discípulos de Joseph Smith, salían con su hijo recién nacido. El niño, él era el origen de ese olor que, para ese momento, ya había inundado toda la ciudad y que sólo un ser lo había percibido, nuestro perro callejero.


Jacques se suicidó el mismo día que Katia amaneció con una sonrisa dibujada en su rostro. Por primera vez en mucho tiempo, sus sueños lúgubres, tenebrosos y apocalípticos fueron sustituidos por otros muy distintos, inundados de esperanza. Katia había visto el advenimiento del profeta del sentido. Esa misma mañana, un perro callejero de una urbe norteamericana se encaminó hacia Bata, en busca del olor más exquisito que jamás hubiese percibido. Jacques sería un simple número en las estadísticas de suicidios de no ser porque fue el primer caso de millones que en pocos meses se presentarían a causa del movimiento de los “absurdistas”, como fueron conocidos. Jacques era un trabajador del metro de París con sueños literarios. Estaba casado hacía muy poco tiempo y tenía un pequeño hijo. Dos días antes de suicidarse, su esposa se había marchado a Toulouse, llevándose al pequeño. Se habían casado por el niño. Jacques había tratado de publicar algunos de sus libros de poesía, pero todo había sido inútil. En la soledad de su apartamento, sintió todo el peso de una existencia que se le hacía insoportable. No soportó el silencio y decidió salir a dar un paseo nocturno por el barrio. Cuando ya llevaba recorrido aproximadamente diez cuadras, se topó con un hombre joven, con la cabeza rapada y lleno de tatuajes con unos extraños símbolos, su francés era pésimo. Lo invitó a que lo acompañara a una reunión de hombres amantes del absurdo. Jacques al principio dudó, pero, por alguna extraña razón, terminó aceptando. A la mañana siguiente, se quitó la vida. En su pecho blancuzco y lampiño se encontró dibujado una letra griega: W. Minutos antes de quitarse la vida, Jacques recordó el nombre de algunos insignes escritores que habían optado por el suicidio: Virginia Wolf, Jack London, Nicholas Lindsay, Sándor Márai, Yajunori Kawabata y Ernest Hemingway. Por primera vez en muchos años, Jacques se sintió un insigne e importante escritor.


¿Qué le ocurre a ese animal, John?, no lo sé, Teresa, pero hazte detrás de mí, por Dios, ¡me ha mordido! Un policía calvo y macilento pasaba por el lugar en el preciso momento en que nuestro perro callejero mordía al padre de la criatura que despedía tan horrible olor. Lo golpeó con su bolillo, el perro chilló y huyó. Muchos años después, el hijo mayor de este policía se convertiría en un miembro de los “absurdistas” y terminaría quitándose la vida en uno de sus ritos desenfrenados y sangrientos. El hijo del joven matrimonio, con el paso de los años, se convirtió en un hombre introvertido, estudioso y callado. Nadie podía imaginar que detrás de ese ser, aparentemente inofensivo, se encontraba el fundador de un movimiento que abogaría por el suicidio como el único sentido coherente de la existencia. Una mañana de diciembre, mientras asistía con sus padres a una de las celebraciones de su iglesia, el joven sintió el llamado. Mientras el pastor explicaba un pasaje de Isaías relativo al Emmanuel, Daniel, como se llamaba el hijo de John y Teresa, se levantó de su lugar, se acercó al pastor, lo miró directamente a los ojos y penetró en lo profundo de su alma. Usted, le dijo, debería suicidarse, pues su existencia es un absurdo, además, su conciencia no soporta más la culpa por la muerte del niño Cummings. El niño en mención había sido encontrado asesinado en un contenedor del centro de la ciudad. La noticia había causado gran estupor en todo el país y sobre todo, dentro de la iglesia, pues la familia Cummings pertenecía a ella. Una semana después del incidente con Daniel, la policía apresó al pastor. En su casa se encontró el arma del crimen y se descubrió además que era un pedófilo. Ya en la estación de policía, confesó el asesinato, su conciencia no soportaba más la culpa.


Daniel salió de su iglesia y empezó un movimiento, al principio silencioso y subrepticio, pero después ruidoso e incontrolable. En pocos meses, se convirtió en un verdadero problema a escala mundial. “La vida humana es un tremendo error, un aborto violento y desgraciado de la madre universal. Un ensayo salvaje y horriblemente desafortunado de la naturaleza”. Estas frases de Hermann Hesse resumían, en gran medida, la doctrina de fondo de Daniel y sus seguidores. A partir de frases como las anteriores y otras afines, Daniel Miller fundó el movimiento de los “absurdistas”. El movimiento predicaba el absurdo de la existencia humana y el suicidio como único sentido de la misma. El suicidio se regó como una peste, más rápido que la epidemia de ceguera de la magnífica novela de Saramago: Ensayo sobre la ceguera. Los “absurditas” tomaron como símbolo de su movimiento la omega (W), la última letra del alfabeto griego. Para nosotros, decía uno de sus miembros, representa el final, la muerte, el suicidio. En plazas, calles, centros comerciales, parques y muchos otros lugares públicos invitaban a todos los hombres a que se unieran a sus ritos en honor del absurdo. Ritos dionisiacos modernos, lascivos y finalmente sangrientos, que terminaban con la hora excelsa, como la llamaban ellos, un suicidio colectivo. El planeta se vio sacudido con cifras escalofriantes, los suicidios aumentaron en pocos meses en un doscientos por ciento. En el noventa y ocho por ciento de los casos, aparecía una omega dibujada, tatuada o cicatrizada en los cuerpos de las víctimas.


"Una temible religión, declaraba un sociólogo, ha hecho su aparición. Una religión que ensalza la muerte cuando ésta es causada a sí mismo." Los ritos de los absurdistas se celebraban en lugares apartados y solitarios. En cada rito se reunía un número considerable de personas de todas las razas, ideologías, estratos sociales y religiones. Después de un banquete de sexo desenfrenado, droga y alcohol, el rito concluía con un suicidio colectivo. En pocas semanas, los lugares solitarios y apartados fueron sustituidos por apartamentos, universidades y hasta iglesias. Y los métodos de quitarse la vida se convirtieron en verdaderos cantos a la creatividad humana. Hemos asistido a formas de suicidarse sin parangón en la historia de la humanidad, manifestaba un policía a un periódico gringo. Daniel Miller no volvió a aparecer en público. Se limitó a publicar diariamente por internet una serie de artículos relativos a su movimiento. Se convirtió en el hombre más buscado del planeta por encima de terroristas o narcotraficantes. "Es un fenómeno muy extraño -manifestó un viejo sociólogo a una cadena francesa de noticias- pues el movimiento no busca el enriquecimiento o el adoctrinamiento como algunas sectas, ni siquiera estamos hablando de una secta organizada, sino de un conjunto de ideas nada originales que busca convencer a sus adeptos que se quiten la vida. Lo que no entiendo todavía es por qué tantos seres humanos siguen a un hombre tan contradictorio, pues el tal Daniel Miller, hasta donde yo sé, no se ha suicidado aún." Los pobres de países del tercer mundo, los pacientes terminales, los viejos, los deprimidos, lo enfermos mentales fueron los primeros en adherirse a los “absurdistas”. Sin embargo, con el paso de los meses, jóvenes, hombres de negocios, estrellas del cine, artistas reconocidos, mujeres hermosas y millonarias, banqueros y hasta hombres religiosos terminaron también participando y finalmente suicidándose en los espeluznantes ritos. Fue la época del triunfo del absurdo, del asesinato de la esperanza, del amor, de Dios y la exaltación suprema del “único problema realmente serio”, como llamaba Albert Camus al suicidio.



El Sentido

Un sol abrasador en medio de un azul límpido acompaña a tres furgonetas que recogen cincuenta cuerpos sin vida en una vieja bodega abandonada a las afueras de Bata, Guinea Ecuatorial. En sus cuerpos se encuentra dibujada con cuchillo una omega, una letra griega muy popular en aquella época por el planeta. Un viejo canino observa, casi como lo haría un humano sensible, de esos que quedan pocos, aquellos cuerpos que la noche anterior se habían quitado la vida. Recuerda, el perro, que esta escena se ha repetido una y otra vez en su retina desde hace muchos años; recuerda el rostro de terror de John Miller cuando lo había mordido, tratándole de comunicar que su primogénito tenía un olor caracterizado por el encono hacia la vida humana. Pobre John Miller, pensaba el perro, sufrió tanto cuando se dio cuenta lo que había creado su hijo. Camina hacia el centro de la ciudad detrás del polvo levantado por las furgonetas. Hoy era el día, tenía dos encuentros muy importantes.


¿Cómo hizo nuestro perro callejero para viajar desde aquella urbe norteamericana, ciudad natal de Daniel Miller, hasta aquella ardiente ciudad africana? La respuesta a esta pregunta implicaría otro cuento, sencillamente estaba ahí, en Bata. Lo fundamental era la razón y los encuentros que tendría ese día. Otra cosa, nuestro perro callejero, no sólo era el poseedor de un olfato prodigioso, superdotado, sino uno de los perros más longevos del mundo, ¡qué hermosa es la literatura!, superado solamente por un perro nacido en Israel que fue discípulo de Jesús de Nazaret. Es decir, el perro de nuestro cuento vio nacer y desarrollarse el movimiento fundado por Daniel Miller y no sólo eso, él siempre supo en qué lugar exacto del planeta se encontraba el profeta del absurdo, pero los perros no hablan.


¿Por qué razón se encontraba en Bata? Por su olfato. Una cálida mañana de octubre, mientras descansaba debajo de un árbol, hastiado de percibir el olor de Daniel Miller, que por aquella época dominaba el planeta, se vio sacudido por otro olor totalmente distinto. Este, a diferencia del primero, suscitaba en el perro esperanza y paz. Es decir, su olfato lo trajo a Bata, pues el origen de este nuevo y esperanzador olor se encontraba en aquella ciudad de Guinea Ecuatorial. ¿Qué encuentros tendría ese día? Su primer encuentro seguro que ya lo han deducido, ¿un niño?, sí, un niño, un niño africano era el origen del olor. Esta vez no mordió al padre, primero, porque eso de estar mordiendo se lo dejo a los perros más jóvenes, segundo, porque este niño no tenía padre, había muerto en un rito de los “absurdistas” dos meses atrás y, tercero, porque su olor suscitaba vida y frente a la vida sólo existe una actitud digna: el respeto. Su segundo encuentro también era muy interesante. Una mujer de unos cuarenta años, hermosa, digna representante de la belleza latinoamericana, desembarcaba en Guinea Ecuatorial. Ella, desde niña, había tenido serios problemas del sueño, se despertaba casi todos los días a la madrugada asustada por terribles pesadillas y visiones. Sus padres la habían llevado a los neurólogos más prestigiosos del mundo, pero no había logrado gran mejoría. Con el paso de los años aprendió a vivir con su patología e incluso a utilizarla para bien.


En sueños había visto el advenimiento del profeta del sentido y una palabra, Bata, que después supo que era el nombre de una ciudad. Además, un día antes de viajar, había soñado con un perro cenizo, un hermoso perro cenizo, esos animales son unos seres misteriosos y profundos. Cuando la mujer lo vio en la polvorienta Bata, supo de inmediato que era él. La hermosa mujer, que por cierto se llamaba Katia, y el longevo can caminaron hacia una antigua y deteriorada casa, en el lugar más pobre de Bata. El niño tenía un lunar en su brazo derecho con una forma extraña: a, alfa, la primera letra del alfabeto griego. Había nacido el profeta del sentido.

jueves, 10 de noviembre de 2011

EL ÚLTIMO HOMBRE SOBRE LA TIERRA QUE EN REALIDAD ES UNA MUJER

De Dios y otros cuentos
Por: Mauricio Rincón Andrade


ACTO PRIMERO

Escena Primera

(Un lugar lúgubre aparece en el escenario. Se escucha de fondo el Introito del Requiem de Mozart. Un ser humano camina en medio de las ruinas, un lugar arrasado como si hubiese ocurrido un terremoto. El ser humano está vestido como un indigente y lleva una enorme maleta a sus espaldas. Se nota muy compungido. Está llorando.)

El último hombre sobre la tierra que en realidad es una mujer:

El fin de todo lo que existía se precipitó sobre la tierra como una bala disparada, una flecha lanzada o una palabra pronunciada, no pudimos detenerlo. Al principio, todos seguimos ocupados en nuestros trabajos, en nuestras preocupaciones, en nuestros pequeños mundos. El planeta, pensábamos todos, era algo incólume, que seguiría así por miles de años. Sus reservas parecían eternas, la tierra no se cansaba de darnos alimentos y el cielo de mandarnos agua, límpida, fresca, refrescante, ¡cómo la extraña mi lengua! Los hombres dedicados a la política luchaban por sus pequeñas e insignificantes causas, buscando siempre sacar tajada, discutiendo por estúpidas leyes que no sirvieron de nada cuando empezamos a extinguirnos; los hombres dedicados a la religión seguían predicando un mundo distinto que llamaban “paraíso”. Cuando el planeta colapsó, nos dimos cuenta que vivíamos en el paraíso hacía mucho tiempo. Todos, al unísono, pedimos al cielo por la paz, ¡paz!, ¡cuánto clamamos por ella en iglesias, mezquitas y sinagogas!, al final, no fuimos escuchados y muchos empezamos a creer que en realidad arriba no había nadie y que estábamos solos, completamente solos.

(Se agacha y recoge unas monedas)

Pensar que esto un día gobernó la tierra. Fue, durante mucho tiempo, el único sentido de la existencia, el objetivo de nuestras acciones. Acumular para engrosar nuestras cuentas bancarias, comprar lo que no necesitábamos, con el dinero que no teníamos, así se resumía nuestras vidas. En el pasado, sin él no se podía hacer nada. Hoy, no sirve para un carajo, solo es un recuerdo de algo estúpido que inventamos los hombres para dividirnos y amargarnos la existencia.

(Arroja las monedas con fuerza)

Fue una guerra atroz. Sin tregua, sin piedad, como la mayoría de las guerras humanas. Nos enfrascamos en la destrucción del enemigo y no nos dimos cuenta que estábamos acabando con el mejor de los mundos posibles. Al final, no hubo victoriosos ni vencidos, todos perdimos, pues acabamos con todo lo que existía. Este y Oeste, el mundo dividido, el conjunto de las dos potencias mundiales iniciaron la terrible batalla una mañana de febrero. En todos los noticieros, por radio, por televisión, en los diarios, por internet, se publicaba la noticia: “Este ataca a Oeste. Se inicia la tercera guerra mundial.” Todos pensamos que sería otra de las tantas batallas que, desde la antigüedad, se han suscitado en la Tierra. No fue así, no fue otra de tantas, resultó ser la última y trajo como consecuencia la extinción de la especie más cruel e inhumana que jamás pobló el planeta: el hombre. En pocas semanas, Este aminoró considerablemente a su enemigo, la victoria parecía inminente. Sin embargo, ocurrió lo inesperado. La capital de Este se vio sacudida por dos enormes explosiones, ¡boom!, ¡boom!, las armas químicas iniciaban el rápido principio del fin. Este reaccionó de inmediato. Oeste se vio sacudida por una gran explosión, ¡boom! Un hongo se vio dibujado en el cielo de Oeste, una bomba atómica destruía una ciudad entera y asesinaba a cuatro millones de personas en pocos minutos.

Las imágenes televisivas eran impactantes y cada hora más sangrientas. En poco tiempo, la guerra involucró a todo el mundo. Los cuerpos de civiles muertos y en descomposición ocasionaron terribles epidemias que no pudieron ser controladas. Pueblos y ciudades se convirtieron en enormes cementerios. Al principio, los hombres sanos trataron de ayudar a los heridos, pero después fue imposible. La comida empezó a escasear y el agua de los ríos y lagos se contaminó a causa de las armas químicas. Cada uno trató de sobrevivir como pudo. Un trozo de pan fue motivo de cruentas pequeñas batallas y el agua fue a parar a manos de los más fuertes. La peor hambruna jamás vista cundió por el planeta. Los supermercados fueron arrasados por hombres, mujeres, niños y hasta animales hambrientos. ¡La gente moría de hambre en las calles! Mi esposo murió en mis brazos, víctima de una bala perdida.

(Lágrimas)

Llevo mucho tiempo recorriendo estas ruinas y no he encontrado otro ser con vida, ni siquiera plantas o árboles, pues violentos incendios los arrasaron en pocos meses. Los hombres estaban ocupados jugando a la guerra como para preocuparse por apagarlos. Me alimento de una provisión de comida en lata que encontré en un pequeño camión que fue tumbado por la turba hambrienta, una explosión los mató antes de que pudieran saciar su hambre. No sé para cuánto tiempo me alcancen estas latas. Y he cambiado el agua por botellas de gaseosa. Camino en medio de lo que fueron calles alguna vez con esta enorme maleta donde guardo mi exigua comida; como una sola vez al día y bebo muy poca gaseosa, no bebo de los ríos, pues tengo miedo que toda el agua esté contaminada. Ya me siento enferma y no creo que soporte por mucho más tiempo estas apocalípticas imágenes y esta maldita soledad.

(La mujer se sienta en el suelo)

(A los lejos, se escucha el ladrido de un perro, la mujer se incorpora)

¿Puede ser verdad?, (pregunta la mujer ansiosamente y mirando hacia todo lado), ¿escucho un perro?

(Aparece el animal. Un pequeño perro blanco, sucio y con una correa azul en su cuello. La mujer deja la maleta en el suelo y corre hacia el canino, lo abraza, lo besa, lo aprieta hacia sí, sonríe por primera vez en toda la escena.)

¿Cómo lograste sobrevivir? Pues hasta los perros fueron comida para los hombres en los peores momentos de la hambruna. Te llamarás, Compañía. Serás mi compañero en esta terrible soledad. Compañía, tú y yo somos posiblemente los únicos seres con vida en este enorme cementerio llamado Tierra.

Se cierra el telón
(Se escucha de fondo el Introito del Requiem de Mozart)
(Continuará…)

martes, 5 de abril de 2011

EL LIBRO DE LOS SUEÑOS PERDIDOS


Comparto con ustedes un fragmento de una de mis novelas publicadas.

"Había sido una noche horrible. El sueño y la vigilia se habían juntado, se hundían en una urdimbre de lazos, monstruos, imágenes del pasado, miedo, soledad y muerte. Todo se juntaba aquella noche. Un futuro incierto, un presente inaceptado, una sensación de vacuidad, un existencialismo implícito en aquel conjunto inconexo de imágenes. Minutos de meseta y mortecina paz, como si pasara por el ojo del huracán, para luego salir al ruido, a la levedad, a la completa inseguridad. La mortalidad en los huesos, la finitud en la piel. La horrible sensación de sentirse no amada, de que el mundo sin ella seguiría igual. La confusión, el desasosiego. ¡No más! Amarina quería ser pintora."

A lo largo de las páginas de esta novela, nos encontramos con distintas voces de hombres y mujeres que nos narran sus más profundos anhelos y sueños, aquello que deseaban hacer con sus vidas y que constituía el camino que querían transitar en su paso por este mundo. Sin embargo, esas mismas voces nos narran los obstáculos y temores que no les dejaron ser fieles consigo mismos y con sus sueños. Es una historia polifónica en donde asistimos al penoso espectáculo de seres tristes que no lucharon por sus sueños, pero, a su vez, de otros que no se amedrentaron ante las adversidades, sino que lo intentaron una y otra vez a pesar de que, como dice en una parte de la misma novela, “los hombres somos marionetas en manos de un destino que se empecina en llevarnos la contraria.” Cada historia, inconexa a priori, se conjuga con la otra y se va articulando en un solo cuerpo gracias a varios hilos que iremos descubriendo a lo largo de sus páginas. El Libro de los sueños perdidos es una buena ocasión para reflexionar con relación a nuestra propia vida, en especial, sobre aquel aspecto que nos constituye y nos distingue de los otros millones de seres humanos: nuestros sueños. Pues, como dijo magistralmente William Shakespeare: “el hombre que no se alimenta de sus sueños envejece pronto.”

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