sábado, 24 de agosto de 2019

YESHUA

Por: Mauricio Rincón Andrade
A: Luciana Sofía



El niño entró presuroso a la casa y se dirigió a la cama de la mujer. Ella abrió los ojos y vio la esperanza dibujada en el rostro de su nieto. ¡Es un maestro, abuela! Eran ya muchos años de sufrimiento. Después de ser una mujer activa, de mano fuerte, con una voluntad a prueba de todo y con un carácter que haría sonrojar a cualquier levita, se había convertido, gracias a su enfermedad, en un vestigio de ser humano, cada vez más flaca, cada vez más amarilla, con un rostro que daba miedo y un dolor abdominal que no la dejaba dormir y que la hacía llorar y desesperar. Su hijo había gastado una suma importante de dinero en un médico de Jerusalén, pero él, después de verla por unos minutos, solo musito, sin piedad alguna: no hay nada que hacer. Desde ese día las cosas empeoraron. Ella se sentía una carga y en las últimas semanas ni siquiera podía controlar los esfínteres. Era una tortura sentir que la mierda se le salía del cuerpo sin apenas poder controlarlo. Un día que había quedado sola en casa, mientras toda la familia acudía a la sinagoga, logró alcanzar un cuchillo e intentó quitarse la vida, pero no tuvo el denuedo, cayó al piso y lloró de impotencia y de rabia. Ese día que su nieto entró presuroso, había tomado la decisión que lo volvería a intentar y que nada ni nadie, le impediría que se rasgara las venas. ¡Es un maestro!, le repitió el chico. Ella lo amaba, en realidad, en aquella ocasión que no tuvo el valor de matarse, el culpable había sido su nieto, la imagen de aquel niño que la amaba y que la trataba con tanto amor y respeto. Es un hombre justo y de corazón puro, pensaba la anciana. ¿A dónde me llevas, Felipe? a donde el maestro, ¿cómo sabes que es un maestro?, porque todo el mundo está hablando de él, ¿y por qué estás tan seguro de que me puede ayudar?, porque curó a un endemoniado, yo mismo lo vi con mis propios ojos, muchos los vimos. Estábamos en el oficio sabático en la sinagoga, el endemoniado empezó a increparlo y él lo calló y le ordenó que saliera de él, e increíblemente el hombre quedó liberado; además, uno de los hijos de Simón, me dijo que después del milagro en la sinagoga, el nazareno, ¿cuál nazareno?, pues el maestro abuela, él es de Nazaret, de Nazaret no puede salir nada bueno, yo creo que sí, porque él es bueno, pero como te estaba contando, mi amigo me contó que después de eso, su padre invitó al maestro a su casa y su abuela también estaba enferma, creo que tenía fiebres, y el maestro la curó. ¡Abuela, él te puede ayudar! La mujer quedó conmovida por la fe de aquel niño de corazón puro, está bien amor, vamos, no perdemos nada. Con la ayuda del niño, se levantó de la cama, el dolor se hizo más fuerte, se sentó en el borde y colocó los pies en el suelo, pero al intentar levantarse no pudo, no puedo, ¡claro que puedes, abuela!, no tengo fuerzas, amor, solo tenemos que ir a casa de Simón, abuela, cuando estaba sana, la casa de Simón era un trayecto insignificante, hoy es como intentar caminar hasta Jerusalén, vamos, abuela, él me dijo que estaría ahí, ¿quién?, el maestro, ¿hablaste con él?, sí, abuela, fue muy amable, no puedo, por favor, inténtalo, mira que hay muchos enfermos haciendo fila para poderlo ver, amor, soy una vieja inservible que lo mejor es que muera rápido para que no siga siendo un estorbo, ¡no, abuela!, no eres eso, eres un gran hombre, Felipe, estoy segura que tu gran corazón te llevará lejos, serás un escriba que hará sentir orgulloso a tus padres y a mí, abuela, por favor, inténtalo, no puedo Felipe, mi mente lo desea, pero mi cuerpo no quiere colaborar, está cansado y solo desea descansar. Felipe empezó a llorar y su abuela también, la conmovía el amor que su nieto sentía hacia ella, trató de sacar fuerzas de donde no creía tener y logró ponerse de pie, el niño, se limpió las lágrimas y fue a ayudarle, ella logró dar un paso, pero no pudo mantener el equilibrio y fue a caer al piso junto con el niño, en ese momento, sintió que unas manos fuertes y con cayos la levantaban, el niño también se incorporó y casi gritando dijo: ¡maestro!

lunes, 15 de abril de 2019

TROTSKY

A Luciana Sofía
Por: Mauricio Rincón Andrade



“6LL3, o mejor conocida como Dolly, una hermosa oveja Finn Dorset fue presentada en sociedad el 27 de febrero de 1997 en la revista científica Nature. Este acontecimiento abrió un camino que ha sabido aprovechar muy bien las productoras de Hollywood, las casas editoriales, algunos movimientos seudo-religiosos y hasta cientos de artistas de todo tipo: la clonación de seres humanos. Un hecho que ya ha dejado de pertenecer a la ciencia ficción y que, tarde o temprano, será una realidad -si es que ya no lo es en algún laboratorio subrepticio de nuestro planeta-. Ian Wilmut, con su “receta”, abrió una puerta que difícilmente será cerrada, una puerta que no sabemos a dónde nos conducirá […]” Este párrafo es un fragmento de uno de los discursos del doctor Wilson Grazer, una eminencia mundial sobre el tema de la clonación y un acérrimo contradictor sobre la posibilidad de la clonación humana. En todas las conferencias que dictaba alrededor del planeta, no perdía la oportunidad de “concienciar al mundo”, como decía él, sobre lo peligroso que podría resultar transitar por ese camino. Cuando fui a entrevistarlo en su casa de Edimburgo, me encontré con un hombre prepotente, de pocas palabras, que me hizo esperarlo por más de una hora y que accedió a hablar conmigo solamente porque mi padre era amigo de uno de sus mecenas. Además, un pastor alemán nos acompañó todo el tiempo y sólo Dios sabe la fobia que les tengo a esos animales. Fue la entrevista más difícil de toda mi carrera. No me dijo gran cosa y sólo me remitió a una serie de artículos por Internet que hablaban sobre él. Fueron los treinta minutos más largos de toda mi vida. El hombre con que me topé no cuadraba con la imagen que daba en sus conferencias de bonachón, de buen humor y con una gran conciencia humana y social. Éste no puede ser el mismo tipo, pensaba mientras su mayordomo me conducía a la puerta. Cuando ya iba a salir, hubo algo que me llamó poderosamente la atención: en una pequeña mesa, a la entrada de la casa, tenía un sin número de fotografías, tomé una fotografía panorámica de todas ellas con gran disgusto del mayordomo y salí. No logré armar un artículo decente pues el doctor Wilson no me dijo nada que no se hubiera publicado ya y además no me quiso hablar de sus últimas investigaciones. Pero no salí con las manos vacías porque la fotografía que tomé adquirió una importancia cardinal cuando, años más tarde, se quitó la máscara que había llevado por tantos años. En todas las fotografías de la mesa se encontraba el mismo tema: el doctor Wilson acompañado de un niño de unos dos años y de un pastor alemán. Inicialmente pensé que se trataba de su sobrino, pues él era soltero y sin hijos, pero después recordé que él era hijo único, entonces, ¿quién era ese niño? Por Internet no encontré nada y los amigos de mi padre no tenían idea de quién pudiera ser el chaval. Llevé la fotografía a un laboratorio especializado en Alemania para observar con más nitidez los rostros y lo que me encontré me dejó la sangre helada. Pero vamos por partes, primero el perro. Por lo que había investigado, el doctor Wilson, era un amante de los perros y especialmente de los pastores alemanes, su padre había tenido un criadero de esa raza muy conocido en toda Europa, un perro llamado Trotsky había sido el mayor orgullo de la familia. Por casualidad, una fotografía de Trotsky llegó a mis manos y mi memoria inmediatamente me transportó a la larga mañana en que traté de entrevistarlo, pues el perro que nos había acompañado tenía el mismo aspecto que el perro que tenía en la fotografía, parece un -recuerdo que pensé- clon. ¿Un qué?, un clon. ¡No puede ser! Revisé con más detenimiento las fotografías y en todas ellas aparecía el doctor Wilson en distintas etapas de su vida, desde que tenía pelo y barba hasta que estaba completamente calvo, acompañado de Trotsky, o mejor dicho, de clones de Trotsky. Eso no era un delito, no tenía una gran noticia, el doctor Wilson Grazer, un experto mundial en el tema de la clonación, había clonado el perro más famoso del criadero de su familia. Lo que sí era una bomba era lo segundo y lo segundo era el niño. El rostro era idéntico en cada una de las fotografías, con un corte distinto de cabello en cada una de ellas, tengo que reconocerlo, acompañando al científico y al perro, en ese momento no lo supe, pero en realidad no era un niño, eran varios niños, todos ellos clonados. Esa sí era una gran noticia, el doctor Wilson Grazer, un experto mundial en el tema de la clonación y un acérrimo contradictor de la clonación humana, la había estado practicando por años. ¿Por qué no había sacado sus investigaciones a la luz pública si había tenido éxito?, ¿por qué se había convertido en un abanderado de la lucha contra la clonación humana, cuando él la había estado practicado por tanto tiempo?, ¿de dónde había sacado el material genético necesario para la clonación humana?, ¿quién lo estaba financiando?, ¿qué ocurrió con los niños?, ¿por qué tenía esas fotografías ahí y no en su caja fuerte? éstas y otra gran cantidad de preguntas seguramente se pueden hacer, sin embargo, el espacio de que disponemos no nos permite responderlas; sólo puedo decir que, cuando me arriesgué a publicar mis conclusiones, el doctor Wilson desapareció de la faz de la tierra, dejando una honda preocupación en la comunidad científica sobre los alcances de sus investigaciones y un malestar en la opinión pública sobre lo ausente que la ética se encuentra en muchos de nuestros hombres de ciencia.

jueves, 6 de diciembre de 2018

TENTH

A Luciana Sofía
Por: Mauricio Rincón Andrade


El teólogo se despertó aquella mañana con una incertidumbre que le carcomía las entrañas: la posibilidad de que no existiera vida después de la muerte. Se levantó presuroso y se dirigió a su biblioteca, que tenía una muy buena colección de libros de teología y poesía. Buscó por un breve espacio de tiempo y tomó un mamotreto empastado en azul oscuro, como todos sus libros de teología, los de poesía estaban empastados en rojo. Era un viejo tratado de novísimos, leyó con la respiración entrecortada y haciendo un gran esfuerzo para tomar aire. Aquellas enredadas descripciones y complicadas explicaciones teológicas se le asemejaban más a la famosa novela de Lewis Carroll que a un libro académico. No hay vida después de la muerte, le gritaba su corazón y su cerebro estaba empezando a asentir.

Se dirigió a la facultad de Teología de la Universidad Pontificia de la ciudad, donde dictaba clases desde hacía más de diez años por dos. Caminó por los pasillos largos y lúgubres, entró al salón 409, saludó a sus estudiantes, una veintena de pichones de cura, vírgenes y asolapados; sacó el mamotreto, el viejo tratado de novísimos, lo tiró en el cesto de la basura con los ojos atónitos de sus estudiantes, le prendió fuego y les dijo lacónicamente:

- ¡No existe vida después de la muerte!

Salió del salón, entró en el despacho del decano sin anunciarse y le entregó su carta de renuncia. Salió de la oficina y caminó lentamente hacia el parqueadero con la cabeza erguida y las manos dentro de los bolsillos de su pantalón. Encendió su auto y lo dirigió por una concurrida avenida, se detuvo en un pequeño establecimiento, sucio, con mesas de madera y troncos como sillas, pidió un trago de aguardiente y se lo tomó como si se tratara de agua, fondo blanco. Otro, por favor, éste lo degustó un poco más, al tercero, se atrevió a hablarle al tendero, nunca había tomado aguardiente, le dijo, sabe horrible, pero me hace sentir varón, el tendero lo miró como si se tratara de un loco. Después del quinto trago, se levantó, meó en un orinal amarillento y demasiado bajo para su estatura, pagó, dio una buena propina y se subió de nuevo a su auto.

Ya entrada la noche, llegó a un viejo pueblo. Tocó a la puerta. Era una casa antigua, con un hermoso jardín en el portal, ventanales inmensos y una bellísima puerta de madera de estilo rococó, parecía un lugar estacionado en el pasado. Le abrió una mujer de color, vieja y sin arrugas, -definitivamente los negros no envejecen- pensó. Preguntó por la señora, la conserje lo dejó entrar, ya lo conocía, lo observó de reojo y le pareció percibir cierto tufo a aguardiente, ya lo anunció. A los pocos minutos, bajó la señora, una mujer bien conservada, hermosa, viuda y con mucho dinero, no tenía hijos y el teólogo era uno de sus mejores amigos. Lo saludó con un beso en la mejilla, también percibió el tufo y lo hizo pasar al estudio. El teólogo se quedó observándola con concupiscencia y le dijo sin pensarlo dos veces:

- ¡Hace diez años que la deseo!

Todo había empezado hacía diez días en el teatro municipal de la capital. El escenario estaba a reventar. Presentaban la famosa cantata profana de Carl Orff, Carmina Burana. Una obra impactante, en ocasiones festiva y, en otras, lúgubre. Es increíble que con unos poemas de monjes disolutos que alababan el alcohol y los placeres del sexo, se pueda componer una verdadera obra de arte, pensaba el teólogo mientras escuchaba, ¡oh Fortuna!, el primer número de la cantata. Esa noche no pudo dormir, no lograba sacar de la cabeza a Margaret, su mejor amiga desde hacía diez años. Lo peor era que se la imaginaba desnuda. El teólogo sentía que la estaba irrespetando. Pero su corazón era más fuerte, deseaba abandonar aquella oscura habitación, confesarle su amor y amarla para siempre. La razón se lo impedía. Margaret era viuda y, como ella misma se lo había dicho un día, no quiero volver a pasar por la maldita tortura de reconocer que todo es mortal, hasta el amor.

No tuvo el denuedo. Se quedó en su habitación esperando que la vida le mostrara el momento indicado. A los diez días, se dio cuenta que la vida no muestra un carajo y que somos nosotros los que tenemos que buscar los momentos. Las siguientes noches, trozos de la cantata de Orff empezaron a tomar vida propia en el mundo onírico del teólogo. Aquellas letras lascivas se mezclaban con imágenes perfectas de Margaret desnuda y dispuesta para el acto carnal. Su rostro gimiendo, sus piernas abiertas, sus senos erectos, ¡no!, despertaba el teólogo como si regresara de una horrible pesadilla. Era una lucha absurda. Margaret era una mujer viuda, sin ningún compromiso, además de atractiva; el teólogo era un hombre soltero, que se había retirado hacía más de diez años por tres del seminario y que había decidido seguir con los estudios eclesiásticos por el simple placer que le suscitaban. Por eso, había terminado en la Facultad de Teología, enseñando como un laico, pero viviendo como un cura.

Nunca había logrado despegarse de aquellos largos años en el seminario. Se vestía como un cura, rezaba más que un monje, se confesaba dos veces al año, asistía a misa todos los días, no bebía ni fumaba y no iba a los prostíbulos porque era pecado, a pesar de que muchas veces lo deseó. Nunca había logrado entablar una relación seria con ninguna mujer, su timidez se lo impedía; sin embargo, desde la aparición de Margaret en su vida, las cosas habían cambiado un poco. La había conocido en una exposición de pintura, desde que la vio, le llamó la atención, era una mujer hermosa, estaba concentrada observando un cuadro, el teólogo venció su timidez y entabló una conversación por primera vez en su vida con una mujer que no conocía.

Al siguiente día, fue a su casa. Se sentía como un adolescente en su primera cita. La casa de Margaret quedaba en un pueblo cercano a la capital, era un viejo caserón, rodeado de naturaleza y con muy buen gusto en el interior. La debilidad de Margaret era el barroco, la música, la pintura, la escultura y hasta los muebles de esta época le gustaban mucho. Su misma forma de vestir tenía mucho de ese estilo, bastante cargado y con muchos accesorios, -debe ser grandioso desnudar a esta mujer- pensaba el teólogo mientras la escuchaba con atención. Todo iba bien, tal como lo había imaginado el teólogo, hasta que Margaret le contó que estaba casada hacía diez años y que su esposo era un importante hombre de negocios que pasaba la mayor parte del año viajando.

Esa misma noche, el teólogo sufrió por primera vez por amor. Era absurdo, pensaba, hacía prácticamente un día que la conocía, uno no se puede enamorar tan rápido. Sentía rabia y culpa, deseaba la mujer del prójimo y eso era pecado. Trató de alejarse, pero su corazón se lo impidió, las visitas aumentaron y, en poco tiempo, entablaron una sólida relación de amistad. La amistad es una tortura cuando hay amor de por medio. Pero lo resistió estoicamente. A los diez meses de haberse conocido, ocurrió un “milagro”: el esposo de Margaret murió en un terrible accidente aéreo. Esa noche el teólogo se flageló como en sus viejos tiempos en el seminario. No podía alegrarse tanto por la muerte de un hombre, la culpa lo invadió de nuevo y por un tiempo no se atrevió a ver a Margaret a los ojos, no puede darse cuenta lo feliz que me siento. Se refugió en sus clases y en la esperanza de que su amiga lo viera alguna vez como un amante no como un amigo.

El teólogo entró al seminario siendo aún un niño. Sus padres lo llevaron de la mano a aquel viejo edificio de cien habitaciones, rodeado de jardines, con una hermosa iglesia al lado derecho y un campo de fútbol al izquierdo. Allí estuvo por más de diez años. Se adaptó fácilmente por su personalidad introvertida y su temperamento dócil y moldeable. Obedecía al pie de la letra, hablaba poco, estudiaba y rezaba mucho, y disfrutaba de las tardes de deporte. Durante sus primeros años de formación, no tuvo prácticamente ningún contacto con las mujeres, las únicas que veían eran a su madre y a su hermana, que iban una vez al mes a llevarle ropa y golosinas que escondían muy bien para comérselas solo en la noche. En vacaciones, se encerraba en la iglesia de su pueblo y leía gran cantidad de libros.

La cocinera del seminario era una vieja malgeniada, que olía a mil demonios, que no cruzaba palabra con los jóvenes pichones de cura y que además era atea, pero esto último nunca lo afirmó abiertamente. El teólogo acababa de cumplir quince años cuando aquella imagen se apoderó de su alma. La lavada de los platos se distribuía en grupos de a cuatro, ese día al teólogo le tocó solo. Sus compañeros de oficio le habían cambiado libros por trabajo, él había terminado aceptando, no sólo porque estuviera interesado en los libros, sino porque no se sentía cómodo con sus compañeros que sólo hablaban de mujeres. Ese día la cocinera había llevado a su sobrina, una alegre y hermosa jovencita que hacía diez días había tenido su primera regla. Todo ocurrió en un segundo. La cocinera se fue a buscar tomates en el huerto y la sobrina se quedó escondida en la habitación de su tía, pues tenía prohibido llevar jovencitas al seminario. La chica salió y se dirigió a la cocina, el teólogo estaba absorto en su labor y no se percató de la presencia de la joven mujer. Mientras él lavaba los trastos, la sobrina de la cocinera empezó a desnudarse, cuando estuvo completamente desnuda se empezó a masturbar, éste volteó a mirar y dejó caer el plato que tenía en la mano. Esa imagen no lo dejó dormir esa noche. No lo comentó con nadie, ni siquiera con su confesor, no lograba concentrase en la oración y se distraía fácilmente en las clases. A los diez años de aquella visión, el teólogo se retiró del seminario.

No lograba entender la razón por la que Dios exigía ese sacrificio, el hombre está hecho para la mujer y la mujer para el hombre. A su alrededor observaba algunos hombres, viejos, cansados, resabiados y vírgenes, que huían de las mujeres y que se flagelaban cuando deseaban a una, muchas veces los escuchó mientras él pensaba en aquella imagen. No volvió a ver a la jovencita y la cocinera murió a los diez meses del incidente, víctima de una serpiente venenosa que se entró a la cocina del seminario, nadie supo por dónde.

El mundo real del teólogo era triste, solitario y hasta lúgubre, pero su mundo de onírico era increíblemente rico. Fue allí donde acarició unos senos por primera vez, donde venció la timidez y habló con muchas mujeres hermosas e inteligentes; donde le gritó al rector del seminario que odiaba sus clases y que sabía lo suyo con la sacristana; donde se convirtió en astronauta, millonario y jugador profesional de fútbol. Al despertar, era el mismo ser introvertido, tímido y con una relación con las mujeres reducida a una imagen de una jovencita masturbándose en la cocina de un seminario. Fue gracias a un sueño que decidió dejar definitivamente aquel monumento a un Dios que no entendía del todo. El teólogo se levantó aquella mañana con una incertidumbre que le carcomía las entrañas. La posibilidad de que hubiera tomado el camino equivocado. Se levantó, habló con el rector y le comunicó su decisión, empacó y se fue para la capital. Se alojó en una pensión barata pero limpia e inició una nueva vida que sustancialmente no difería mucho de la que llevaba en el seminario. Se matriculó en la Universidad Pontifica de la ciudad para seguir con los estudios eclesiásticos y consiguió un trabajo de medio tiempo. Cuando se graduó, pasó a trabajar en la misma universidad.

Después de su salida del seminario, algo permaneció intacto: su mundo onírico siguió siendo rico y su mundo real solitario y aburrido. Gozó en su interior de una libertad que sentía que no poseía antes, pero siguió viviendo como un religioso más. Su timidez sólo la vencía en los salones de clases y su contacto con las mujeres se reducía a aquella imagen del pasado. Sólo un ser logró sacarlo de aquel letargo de vida, Margaret. Después de la muerte de su esposo, Margaret vivió un luto riguroso durante diez meses, pasado ese tiempo, volvió a los colores abigarrados y al sin número de accesorios. Las visitas del teólogo aumentaron. Salía disparado de sus clases en la universidad para el pueblo donde vivía su amiga, muchas veces se quedaba, en la alcoba de huéspedes, por supuesto. Otras veces, salía bien entrada la noche y se refugiaba en su mundo onírico para tener a Margaret el resto de la velada. Dialogaban de muchos temas; en ocasiones, ella le tomaba la mano distraída en la conversación y él se sentía el hombre más feliz del mundo. Sólo una vez se dejaron de ver.

Margaret viajó a Polonia, allí estuvo por más de diez meses. El teólogo casi se muere. En ese país, vivía la hermana menor de Margaret, estaba casada con un polaco y tenían tres hijos. El teólogo le escribía todos los días y su única distracción era el cine, al que asistía solo, y a las películas que no le recordaran el vacío que sentía su corazón. Ella le escribió diez cartas, una por mes, siempre las llevaba consigo y hasta se las aprendió de memoria. A los diez meses, Margaret regresó, más hermosa que nunca y con la noticia de que se casaba. Esa misma noche, el teólogo sufrió por segunda vez por amor. Lloró como un niño, maldijo su timidez, su estúpida personalidad anclada en un seminario y el dolor que produce el amor. A los diez días, el teólogo se flageló por segunda vez desde su salida del seminario. El futuro esposo de Margaret murió en un terrible accidente aéreo cuando se dirigía a casarse con su amada. El teólogo saltó de alegría, rio como un niño y se flageló con más fuerza que la primera vez, -no puede darse cuenta lo feliz que me siento-decía.

Pasados unos días, corrió hacia la casa de Margaret a confesarle su amor, sin embargo, no tuvo el valor, ella lo recibió llorando, maldiciendo su suerte y el error que había cometido, olvidar que todo es mortal, hasta el amor. El teólogo calló de nuevo, la acompañó toda la noche y durmió en la habitación de huéspedes. Esa noche acarició unos senos por segunda vez, los de Margaret, pero en su rico mundo onírico. Pasaron diez meses. El teólogo compró dos entradas para una de sus obras favoritas, la famosa cantata de Carl Orff. Margaret lo acompañó. Esa noche no quiso quedarse en su casa, la dejó y regresó a su apartamento con una gran biblioteca y una cama demasiado estrecha para su estatura. A los diez días de la audición de la cantata, se levantó con una incertidumbre que le carcomía las entrañas: la posibilidad de que no existiera vida después de la muerte. Después de quemar un viejo tratado de teología frente a sus estudiantes, de renunciar a su cátedra, de tomar aguardiente por primera vez y de mear en un orinal demasiado bajo para él, se dirigió a donde su amiga y le dijo sin pensarlo dos veces:

- ¡Hace diez años que la deseo!

Margaret le chantó una cachetada, por estúpido, no por atrevido. Esa noche el teólogo perdió su virginidad, a los cincuenta años, y acarició unos senos por tercera vez en su vida, pero esta vez no en su rico mundo onírico sino en su nuevo mundo real.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

URDIMBRE

A Luciana Sofía
Por: Mauricio Rincón Andrade



Verdiana se levantó temprano para ir a su trabajo mientras Mateo hacía lo mismo, igual que Nazaret, Andrea, Sebastián, Andrés, Santiago, Julia, Carolina, Amy y Thomas. Mateo ama a Andrea, quien aconseja a Nazaret, su mejor amiga, que se case con Sebastián, pero ella se dio cuenta que no lo ama, sino que está empezando a sentir algo muy fuerte por Andrés, con quien finalmente se casará. Mateo no se atreverá a confesarle su amor a Andrea, hasta que ella le comunique que viajará a París a estudiar arte. En el preciso momento en que Mateo trata de articular un “te amo” y todo lo demás con lo que solemos adornar la expresión, Santiago, el mejor amigo de Mateo, le escribe versos de amor desesperados a Julia, quien, en ese preciso momento también, le está haciendo el amor a Carolina, su novia, que nunca ha querido presentar como tal a sus amigos y a quien conoció en el metro mientras leía a Tolstoi, un autor que le fascina y del cual Santiago no ha leído ni una página, porque en realidad no le gusta leer, sino pintar y recoger perros callejeros para curarlos y buscarles un hogar, junto con Amy, su amiga de toda la vida. Amy está enamorada de Santiago, pero no se ha atrevido a decírselo, pensando que él, tarde o temprano, se dará cuenta, sin embargo, después de casi dos años está perdiendo la fe que tal cosa suceda y ha llegado a pensar, que no ha sucedido, porque ella no es tan bella como Julia. Se equivoca, Amy, porque en realidad no tiene nada que envidiarle a Julia ni a las otras amigas de Santiago, incluso Carolina, el día que la conoció, quedó tan prendada de ella, que esa noche, mientras le practicaba sexo oral a su novia, se imaginaba que en realidad estaba en la vagina de Amy. Thomas acaba de terminar las Laudes y se dirige al refectorio del seminario a desayunar, luego, tendrá que salir muy rápido hacia la universidad donde estudia Teología; Thomas no lo sabe, pero en pocos días conocerá a Verdiana, alguien que le cambiará la vida. Es un buen tipo, Thomas, y nada feo en realidad, pero desde hace un tiempo su existencia le está empezando a hartar y aquella semilla de vacuidad, junto con el profundo impacto que tendrá la figura de Verdiana en su vida, le hará abandonar, de forma definitiva, lo que hasta ahora creía de verdad. Andrea, quedó conmovida por la confesión de Mateo, pero a pesar de eso, le dijo, de forma sucinta y clara, que nada le haría cambiar su decisión de viajar a París. Mientras Mateo piensa que definitivamente ha perdido a Andrea, Santiago se dirige al apartamento de Julia a hacer lo mismo que su amigo, es decir, desnudar su corazón, mejor que no llegó, porque hubiera interrumpido un buen sexo y además, se habría enterado que Julia es lesbiana; no llegó, Santiago, porque, mientras conducía, se topó con un perro callejero que recién habían atropellado y quien luchaba por aferrarse a la vida. Verdiana llega temprano a su trabajo, mientras toma un café saluda a Felipe y a Juan, dos de sus compañeros y con los cuales, suele almorzar. Felipe está casado con Almudena, tiene dos hijos, Luciana Sofía y Esteban, y no hay nada que disfrute más que pasar el mayor tiempo posible con ellos; a diferencia de él, Juan, es soltero, pero tiene una hermosa novia que se llama Ana María, que se lleva muy bien con Verdiana. Ana María es una gran deportista, e incluso, a invitado varias veces a Verdiana para que se una a su equipo de fútbol, pero a ella, en realidad, nunca le ha llamado la atención correr en pantaloneta tras un balón, finalmente lo hará y esto cambiará su vida para siempre. Felipe suele invitar a Juan, Ana María y Verdiana a su casa, Almudena es una gran cocinera. Después de la comida y del postre, que normalmente lo lleva Verdiana, se reúnen todos a jugar, monopolio casi siempre, Felipe siempre termina quebrado y Almudena adinerada. Finalizada la velada, Juan lleva a Verdiana a su casa y luego se va a su apartamento con su novia a una noche de sexo apasionado, Verdiana se pone a tejer, algo que le enseñó a hacer su abuela y que no sabe por qué razón la relaja tanto. En el instante en que Verdiana empieza una cadeneta, Thomas, encerrado en su habitación del seminario, empieza a leer un libro de escatología, lee unos cuantos párrafos, pero cierra el texto sin comprender nada, se mete en las cobijas, se masturba y se duerme sin saber que al día siguiente su vida cambiará, gracias a un encuentro que tendrá. Ana María se levanta temprano para su entrenamiento de fútbol, lleva dos años en el equipo y lo disfruta mucho, no solo porque ha mejorado con las prácticas, sino, porque, además, ha hecho buenas amigas. Luisa Fernanda es con la que mejor se lleva. Ambas ingresaron al mismo tiempo al equipo, pero Ana María ha evolucionado más, sin embargo, Luisa Fernanda es la que más ganas le pone a los partidos y no protesta cuando la cambian, normalmente la acompaña su novio, que tiene un nombre distinto cada mes: Antonio, Raúl, Eduardo, Román y otra lista interminable que Juliana, la más joven de equipo, sabe recitar. Pero, sin lugar a dudas, el novio que más recuerdan todas es a Marcial, porque varias de ellas lo vieron haciéndole el amor a Luisa Fernanda en la silla trasera del auto de su novia. Ese día, Ana María, se excitó tanto, que tuvo que llamar a Juan para que la fuera recoger y la llevará lo más rápido que pudiera a un motel. Mientras todas esperan al entrenador, Juliana les cuenta que hace unas semanas tiene novio y el próximo entrenamiento se los presentará; Ana María les comunica que una de las compañeras de trabajo de Juan ingresará al equipo, mientras están hablando llega el entrenador; hola, niñas, ¿cómo están?, Luisa Fernanda, como siempre, se abalanza hacia él, lo saluda con un sonoro beso en la mejilla, le pasa la mano por el trasero y le pregunta al oído, ¿cuándo diablos vas a abandonar ese horrible seminario en que vives y vas a conocer mujer?, ¡si tú quieres, yo me puedo ofrecer!, Thomas sonríe y las manda a que troten por lo menos veinte minutos, en ese momento, llega Verdiana y la vida de Thomas no volverá a ser igual.


lunes, 23 de julio de 2018

MI TÍO ORLANDO ©

A Luciana Sofía
Por: Mauricio Rincón Andrade


Mi tío Orlando envidiaba los animales, llevan una vida del putas, solía decir, comer, dormir y cagar y no hacer nada más, que otra cosa se puede pedir, eso es el paraíso, el paraíso y nada más. Se levantaba al medio día, desayunaba y almorzaba al mismo tiempo, sí, mi tío Orlando era gordísimo. Después de su desayuno-almuerzo se iba a su trabajo en una zapatería, no abría temprano, nos decía, porque no se debe forzar el cuerpo, a las tres de la tarde es una hora muy buena para empezar a atender a la clientela. Era muy bueno con los zapatos, pero tenía pocos clientes, casi nadie soportaba su hedor que se respiraba a cuadras, mi tío Orlando se bañaba cada quince días. Por ecológico, decía él, hay que ahorrar agua, limpiando tanto culo diariamente es imposible que no se agote. Nunca entendí del todo su conciencia ecológica. Además, no entregaba un trabajo a tiempo, para qué afanarse, decía él, la vida es muy corta. A las seis de la tarde cerraba su zapatería y regresaba a la casa, los burros son los que trabajan ocho horas, yo soy un ser humano. Se sentaba frente a su televisor de catorce pulgadas y mientras engullía un emparedado de treinta y cinco centímetros, veía seis telenovelas de corrido. Come como un cerdo, decía el tío Sandro. Y tenía razón, pues el tío Orlando comía con su gran boca abierta y haciendo una serie de ruidos extraños.

Mi tío Orlando amaba los elefantes y odiaba todo lo que tuviera que ver con cultura. “Cultura y aburrición son la misma situación”, era la estúpida frase que siempre esgrimía cada vez que se le invitaba a una conferencia, a un museo o a una exposición de pintura. El tío Sandro, su hermano, era un distinguido profesor que trabajaba en la universidad más prestigiosa de la ciudad. Es increíble que dos seres tan antagónicos hayan salido del mismo útero, solían comentar los vecinos. El tío Sandro era toda educación, cultura, pulcritud, un maricón bien vestido, en palabras de Mariano. El día de la ceremonia de graduación como abogado de Sandro, al tío Orlando no lo dejaron entrar. Iba vestido con su traje azul desteñido, unos zapatos rojos y una corbata amarilla con caritas felices. Los encargados de controlar la entrada llamaron al tío Sandro para preguntarle si era verdad lo que decía ese hombre, no, les dijo él, ese payaso no es mi hermano. El tío Orlando nunca se lo perdonó. No tanto por el desprecio de su hermano sino porque no pudo participar de una deliciosa comida que ofreció la universidad a sus mejores estudiantes y a sus familias.

Los abuelos eran dos seres sencillos que habían logrado sacar adelante a sus hijos gracias a una panadería. Por esa razón, el tío Orlando se engordó desde muy niño, comía más pan que todo el vecindario junto. Amaron y respetaron a sus hijos hasta el final de sus días, especialmente al tío Orlando, y siempre lo defendieron de las risas y críticas de toda la familia. Sí, duerme más que un oso en invierno; sí, no come, sino que traga; sí, huele a mil demonios; sí, no lleva mucho dinero para los gastos de la casa; sí, es más feo que un carro por debajo; sí, ronca como por diez cerdos; sí, tiene pésimo gusto para vestirse; pero es un buen hombre, no le gusta el licor, ni el cigarrillo, ni otros de esos horribles vicios, es muy amoroso, y además nuestro querido Orlando es el único que nos hace reír a carcajadas con todas sus ocurrencias, decían los abuelos.

En casa, además de los abuelos, vivía el tío Orlando, el tío Sandro, la tía Julia, quien era la menor y yo. Mi madre había muerto siendo aún muy joven, a mi padre nunca lo conocí, se marchó del barrio después de haber deshonrado a la familia. La tía Julia estudiaba antropología en la universidad, amaba los animales con un amor casi patológico y era muy hermosa, era la mujer con más enamorados de todo el vecindario. Trabajaba en una revista científica y era la única que soportaba ver telenovelas en la habitación del tío Orlando. Fue seguramente una de las mujeres que más amó y respetó al gordo deforme ese, como lo llamaba Sandro. El día del matrimonio de la tía Julia con Agustín, el tío Orlando lloró como un niño, Julia lo tranquilizó diciéndole que siempre sería bien recibido en su casa.

El tío Sandro, sí, parecía un maricón bien vestido. Sus trajes eran impecables, su peinado de galán de los años sesenta, reloj de leontina, zapatos brillantes, chaleco, gabán y más organizado que cura viejo. En su enorme habitación ni una aguja estaba fuera de lugar. Las medias y las camisas estaban organizadas por colores, los zapatos en cajas individuales, sus libros por tamaños y su cama tendida como la de los hoteles importantes. No soportaba por más de diez minutos al tío Orlando, incluso había días en que no le dirigía la palabra. El tío Sandro era un hombre serio, de pocas palabras, con un genio de mil demonios, pero un excelente catedrático. Vivió en casa de los abuelos hasta una edad muy madura a pesar de recibir un buen sueldo. Se terminó casando con la secretaria del rector de la universidad en donde trabajaba. Una mujer con una personalidad de general, más ciega que un topo, y más fea que yo, como dijo mi obeso tío. Nunca invitó a su hermano a su apartamento y hasta un día de navidad se atrevió a cerrarle la puerta en las narices. El tío Orlando no se enojó tanto por la grosería de su hermano, sino porque se perdía otra deliciosa comida.

Don Giuseppe era un italiano que hacía muchos años vivía en el barrio. Él les había comprado la panadería a los abuelos y era el banco privado del tío Orlando, siempre le prestaba dinero. Dialogaban mucho de fútbol, de comida y de viejas, como verdaderos hombres, según decían. Don Giuseppe también era un hombre gordo y muy amable con todas las personas. Sólo una vez fue a cenar a la casa, con gran disgusto del tío Sandro que esa noche decidió comer fuera, pero con gran alegría del tío Orlando. Se comieron hasta las sobras. Ese día casi me reviento de la risa, eran dos seres con un sentido del humor único. Ellos me enseñaron que la risa prolonga la vida y que debía desconfiar de aquellos que no se rieran porque seguramente no serían buenas personas. Tuve la fortuna de salvarle la vida a don Giuseppe en una cirugía de corazón abierto que le practiqué. Todos los doctores íbamos a la habitación del viejo italiano para reímos a carcajadas.

Mariano era otro de los grandes amigos del tío, era el dueño de una pollería. Allí iba frecuentemente el tío Orlando a comerse dos pollos, ¡él solo! Se los “bajaba”, como él mismo decía, con un litro de gaseosa. Mariano lo apreciaba mucho, no sólo porque era uno de sus mejores clientes, sino porque el tío Orlando siempre lo había acompañado en los momentos más difíciles, como lo deben hacer los verdaderos amigos. Mariano había quedado viudo muy joven y nunca se había vuelto a casar. Su esposa había muerto en el parto de su primer hijo, una hermosa niña que bautizó Bernarda. El tío Orlando fue el padrino de bautizo de Bernarda Escorcia, una mujer, que se educó en medio de hombres. Bernarda pasaba la mayor parte del tiempo en la pollería ayudando a su padre. Le gustaba el fútbol, las carreras de autos y las ocurrencias del tío Orlando. Mariano la sacó adelante gracias a la ayuda del tío, pues, como él mismo dijo, no hay nada más difícil que aprender a leer el difícil “manual de instrucciones” que trae una mujer cuando nace. Bernarda, con el paso de los años, se convirtió en una hermosa mujer que competía en belleza con la tía julia, que manejaba con gran ingenio la pollería de su padre y que tenía gran debilidad hacia los hombres mayores. Era toda una Lolita de Nabokov. El mismo tío Sandro perdió la cabeza por ella y por su causa terminó separándose del general del ejército que tenía como esposa. Lastimosamente, Bernarda se encaprichó por otro viejo y terminó dejando al tío. A los dos meses de su partida, el tío Sandro se quitó la vida en un rito de los “absurdista”, una tenebrosa secta que por aquel tiempo invadió el planeta.

Agustín era otro de los mejores amigos del tío. Era un joven estudiante de zoología, que gustaba del rock, del futbol, de la compañía del tío Orlando y que amaba con verdadera dilección a la tía Julia. Solían salir los tres a cine, siempre con la condición de que, te bañes, por Dios, Orlando, bueno, Julia, está bien, me voy a bañar, pero sólo lo hago porque me encantan las películas de Disney. Agustín se convertiría en el esposo de la tía Julia, aunque ese sí, no fue nada fácil de conseguir, pues se le atravesó una competencia muy difícil, un atractivo actor de la pantalla chica. Sin embargo, la tía Julia terminó aceptando a Agustín, ese estúpido actorcito le dio un puntapié a un perro, te lo puedes imaginar Orlando.

Elena siempre fue el amor del tío. Era una mujer de unos treinta años que trabajaba como bibliotecaria en el centro de la ciudad. Era más delgada que un fideo, soltera, con un rostro hermoso y además era virgen. Salió algunas veces con el tío, y recibió con verdadero gusto los regalos que el tío Orlando le enviaba con Agustín. El día del entierro del tío Orlando pude observar unas lágrimas que bajaban por su hermoso rostro, era un gran hombre, recuerdo que me dijo. Nunca fueron novios, sin embargo, se convirtieron en dos excelentes amigos. En uno de los cumpleaños del tío Orlando, Elena le llevó un regalo, un libro, Evangelio según Jesucristo, seguro que te gustará Orlando, prométeme que te lo leerás completo, te lo prometo mi hociquito lindo, pero está como muy gordo, ¿no crees? Se lo leyó todo y hasta con gusto, gracias a ese libro el tío Orlando se aficionó a la lectura y amó con verdadera devoción la obra de José Saramago. Al final de su vida estoy seguro que leyó más que su hermano.

Sandra fue la única mujer que amó verdaderamente el tío Sandro. Hasta esa época yo pensaba que Sandro era alexitímico, no parecía humano. Nunca se le veía desarreglado o trasnochado, no expresaba ningún tipo de sentimiento hacia nadie, fuera de las sátiras que le disparaba al tío Orlando, hablaba poco, no lloraba y no se reía. Se dedicaba a sus clases de la universidad y nada más. Después de que apareció Sandra su vida afectiva se volvió a convertir en un verdadero caos, como cuando era más joven, ya que nunca logró manejar sus sentimientos tan bien como lo hacía con sus clases.

El pastor Borda, como se hacía llamar, era un hombre de unos cincuenta años, bien vestido, sin cabello, sin barba y sin bigote, parece una bola de billar, decía el tío Orlando, que había fundado una secta que llamaba La Verdadera Iglesia de Cristo. “Los verdaderos”, como eran conocidos en el barrio, eran el dolor de cabeza del padre Amador. Habían empezado siendo unos pocos que se reunían en el garaje de la casa del viejo Borda, haciendo más ruido que un grupo de viejas histéricas. Sin embargo, con el paso de los años, el pequeño grupo se fue convirtiendo en una multitud, el garaje en una construcción enorme y majestuosa y el viejo Borda en un hombre rico. Proclamaban que el mismo Cristo le había hablado en sueños a Borda y lo había mandado a fundar su verdadera iglesia, ya que las otras sólo eran cunas de corrupción y pecado. Como todas las sectas de garaje los “verdaderos” terminaron convirtiéndose en lo mismo que tanto criticaron.

Borda era un viejo mal hablado, que trabajaba como celador antes de convertirse en profeta, pero que movía masas con su discurso y sus ideas absurdas de Dios. “Los verdaderos” no fumaban, no tomaban licor, se vestían todos iguales, sus cultos eran largos y escandalosos y no comían carne, son unos idiotas, decía el tío Orlando, no comer churrasco, ¡por Dios! Sus relaciones afectivas estaban restringidas a los miembros de su grupo y con la autorización del viejo Borda. La Verdadera Iglesia de Cristo era un negocio bien montado, con fachada de religión, que pedía diezmos escandalosos y que obligaba a sus miembros a dejar parte de sus bienes al “verdadero profeta de Dios”. Él vivía como un rey, tenía dos esposas y una hija. Todo este cuento estuvo encaminado a un nombre, pues la única hija del viejo Borda se llamaba Sandra. El tío Sandro perdió la cabeza por ella.

El tío Sandro perdió la cabeza por ella y hasta asistió por un tiempo a la secta de “los verdaderos” sólo para estar más cerca de Sandra. El viejo Borda no hubiese permitido esta relación, pues el tío nunca quiso pagar los diezmos y además siempre le corregía en público sus errores al hablar. Por eso, lo terminó expulsando de la secta y prohibiéndole que se le acercara a su hija. Sin embargo, no le hicieron caso, siguieron viéndose y terminaron enamorándose perdidamente. Gracias a Sandra, el tío Sandro cambió de actitud por un tiempo. Se le veía feliz, compartía con la familia, vestía más juvenil y hasta un día ocurrió un milagro: buenos días, Orlando, le traje para su desayuno estos buñuelos que tanto le gustan. El tío Orlando casi se muere de la emoción, le encantaban aquellos buñuelos.

El viejo Borda lo terminó descubriendo todo, castigó severamente a su hija y la encerró en su casa. Ella se reveló y renegó de las ideas de su padre. Una mañana de domingo, tocó a nuestra casa, tenía una maleta y los ojos rojos de tanto llorar. Los abuelos terminaron aceptando que viviera con nosotros, pero con la condición que durmiera en la habitación de la tía Julia. Sandra era una buena mujer, inteligente, hermosa y “con un gusto de quinta”, como decía el tío Orlando, si yo estoy más bueno que Sandro. Se volvieron en poco tiempo buenas amigas con la tía Julia y fue gracias a ella que mi tía terminó aceptando la propuesta de matrimonio de Agustín.

Lastimosamente, el tío Sandro volvió a ser el de antes. Empezó a descuidar a Sandra y a preocuparse más por sus clases. La trataba mal y hasta llegó a gritarle una vez enfrente de toda la familia. Una mañana de marzo, Sandra se fue de la casa, cansada de soportar a Sandro. La noticia no pareció afectarle en nada a mi tío. No seas idiota, hermano, es una gran mujer, le dijo el tío Orlando, no se meta en lo que no lo han llamado, le contestó él. A la mañana siguiente, salió como un loco a buscarla. Incluso fue a hablar con el viejo Borda que por aquella época estaba en la cárcel acusado por estafa. No sé nada, hace años que no la veo, le dijo el encarcelado profeta. Puso anuncios en periódicos y su fotografía salió en las cajas de la leche. Sandra desapareció. El tío Sandro nunca se lo perdonó, lloró encerrado en su habitación y terminó casándose por despecho con una vieja horrible que no amaba y que tenía una personalidad de general.

Sandro, desde niño, se caracterizó por ser un excelente estudiante. Sus trabajos eran impecables, lo mismo que su forma de vestir, su ortografía en la primaria era mejor que la de muchos de sus profesores y las matemáticas nunca le ocasionaron problemas. Al finalizar la secundaria, ya dominaba dos idiomas y su prueba de estado fue el mejor puntaje del país durante muchos años. Sin embargo, él siempre mostró una gran inestabilidad afectiva. Cualquier nimiedad lo dejaba sumido en una profunda depresión. Pero, sin lugar a dudas, su talón de Aquiles siempre fueron sus relaciones con las mujeres. Se enamoraba con la misma facilidad con que el tío Orlando se negaba repetir desayuno, almuerzo o comida; por lo general, eran mujeres mucho menores que él. Después de cada ruptura amorosa, pasaba semanas encerrado en su habitación, bebiendo y maldiciendo a todas las mujeres.

El tío Orlando era un mundo, como pudieron darse cuenta, completamente distinto. Una bestia, como decía el tío Sandro, en todo lo que tuviera que ver con estudio. La ortografía siempre le pareció una pérdida de tiempo, ¡y cómo joden por esas malditas tildes!, solía decir. Aprendió a leer, gracias a la paciencia y el gran esfuerzo de la tía Julia, que, a pesar de ser dos años menor que él, se convirtió en su profesora privada. Las matemáticas siempre fueron su mayor dolor de cabeza y nunca, en palabras de su hermano, logró resolver su gran dilema matemático, ¿cuánto es dos más dos? La tía Julia prácticamente repitió dos veces cada año de escuela. Si no hubiera sido por ella, el tío Orlando se hubiera quedado toda la vida en párvulos.

Sin embargo, siempre demostró gran madurez en el aspecto afectivo. No se dejaba deprimir por los mordaces comentarios de sus compañeros de clase, aceptó con gran serenidad todos los ¡no quiero ser su novia, Orlando! de todas las chicas a las cuales se les declaró y nunca se sintió menos a pesar de que, en el colegio, siempre lo comparaban con su brillante hermano. Con el paso de los años, el tío Sandro siguió caracterizándose por su gran lucidez mental y su gran fragilidad afectiva y el tío Orlando, por su poca cultura y una paz interior que la envidiarían hasta los monjes tibetanos.

Nunca perdió la cabeza, ni siquiera cuando se ganó el premio mayor de la lotería nacional. Era un sábado, lo recuerdo bien, el tío Orlando seguía durmiendo, los sábados y los domingos no abría la zapatería, soy un ser humano, necesito descansar, decía. La familia estaba pasando por una grave crisis, hacía una semana habíamos enterrado al tío Sandro, que se había terminado quitando la vida en un rito de una secta abominable. Gracias a Dios que aquel africano logró contrarrestar y vencer definitivamente aquel grupo de hombres adoradores del suicidio. Esa fue la única vez que vi al tío Orlando deprimido. Aquel día, en el cementerio, antes de depositar a su hermano en una bóveda de soledad y silencio, dijo unas hermosas palabras que hizo llorar a todos los que estábamos presentes. Yo nunca llegué a sospecharlo, pero aquellos dos hermanos se amaban a su manera. El tío Sandro le dejó todo al tío Orlando, él se lo entregó a los abuelos y, gracias a eso, pudimos cambiarnos a una casa más amplia y yo pude ingresar a estudiar medicina en la universidad más prestigiosa del país.

A las dos de la tarde, se levantó, desayunó y almorzó al mismo tiempo, como acostumbraba y después se arregló con su traje azul desteñido, Franz, ¿me puede acompañar al cementerio?, quiero visitar a Sandro, por supuesto, tío. De regreso, pasamos por donde Mariano, que nos estaba esperando con desespero, ¡Orlando, te ganaste el gordo de la lotería! Saltó como un niño, abrazó y besó a los perros que la tía Julia recogía de la calle, alzó los abuelos y gritó por todo el barrio: ¡soy millonario! No, no hizo nada de eso. Tomó el periódico que Mariano traía en la mano, sacó su enorme cartera y buscó el billete de lotería, lo comparó y lo corroboró. Le devolvió el periódico a Mariano y nos marchamos para la casa. En esta familia, estamos de luto, no vale la pena perder la cabeza por plata, nos dijo a todos.

Siguió viviendo en su hedionda habitación, sólo se compró un televisor más grande. La mayor parte del dinero la repartió en la familia y entre sus amigos. Siguió trabajando por algunos años más en su zapatería y lo más extravagante que hizo con su fortuna fue viajar a un zoológico en México a ver unos bebés elefantes, realmente amaba aquellos enormes animales. Me pidió que lo acompañara. Nos divertimos como dos niños, recuerdo que se tomó como cien fotos al lado de los hermosos gigantes. Al mes de nuestro regreso, un fulminante ataque cardiaco se lo llevó. Su entierro fue multitudinario. Los abuelos ya habían muerto, la tía Julia y Agustín pasaban la mayor parte de su tiempo trabajando en una fundación por la defensa de los animales que el tío había financiado y en una clínica veterinaria que tenían, eran padres de dos hermosos niños, al mayor de ellos lo llamaron Orlando; Mariano seguía con su pollería, de Bernarda Escorcia se hablaba por aquella época por todo el país, el presidente de la República había dejado a su mujer por ella; Elena seguía siendo flaca como un fideo, soltera, con su hermoso rostro, pero ya no era virgen, siguió trabajando de bibliotecaria durante muchos años, pero no por necesidad, pues el tío Orlando le dejó una muy buena cantidad de dinero. Don Giuseppe, después de una cirugía de corazón abierto que le practiqué, abrió un excelente restaurante italiano en el centro de la ciudad.

Después de que terminé mi especialización en cardiología, conocí a una joven e inteligente ingeniera que me recordaba mucho a una mujer de mi pasado, me casé con ella y me hizo un hombre muy feliz. Cómo es de pequeño el mundo, Sofía, mi adorada esposa, resultó ser hija de Sandra, la única mujer que el tío Sandro amó, como escribió en la nota que nos dejó antes de quitarse la vida. Una mañana de lluvia, fuimos los tres a visitar la tumba del tío Sandro, la señora Sandra lloró como una adolescente. Ese día también aproveché para visitar al tío Orlando, su tumba era fácil de identificar porque estaba al lado de una hermosa escultura de un bebé elefante.

Han pasado muchos años de la muerte de mi tío Orlando pero aún lo extraño mucho. Fue un gran hombre. Él me enseñó que no debía complicarme la vida por pendejadas ni estupideces materiales, que la risa prolonga la existencia y que la familia es lo primero. Mi tío Orlando envidiaba los animales, llevan una vida del putas, solía decir, comer, dormir y cagar y no hacer nada más, que otra cosa se puede pedir, eso es el paraíso, el paraíso y nada más.